Por: José Fernando Isaza

Silencio

Liévano Aguirre, en los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia, narra las torturas infligidas a los cristianos en el Japón en el siglo XVII, cuando se emprendió una persecución contra la religión católica que podía poner en peligro la alianza del poder con el budismo. El budismo no es una religión, sino una filosofía y un modo de vida. La inicial difusión del cristianismo en Japón no tuvo el éxito que logró en América, aquí se apoyó en los ejércitos conquistadores y a sangre y fuego destruyeron las civilizaciones precolombinas; con la infame alianza conquistadores-clero se ejecutó el peor holocausto en la historia de la humanidad.

La tortura del pozo consistía en colgar cabeza abajo a una persona y sumergirla en una alberca con excremento. Para que se prolongara su vida varios días, se le hacía al torturado una incisión en el cuello para bajar la presión de la sangre. Esta demencial tortura se practicó en el siglo XX en Camboya, en el régimen de Pol Pot. Muestra de la perversidad a que pueden llegar los regímenes fundamentalistas, así sean estos de derecha o de izquierda. La intolerancia casi siempre se asocia con una religión o una deformación de esta. La película de Martin Scorsese Silencio, basada la novela de Shusaku Endo, describe la frustrada misión de los jesuitas para llevar su religión al Japón. Los bienintencionados misioneros, ante el sufrimiento por las torturas de los fieles, increpan a Dios por su silencio, no entendiendo cómo abandona a sus fieles. El mismo reproche se le hace por el Holocausto. El teólogo católico Hans Kung, para tratar de explicar lo inexplicable, dice que Dios no evitó estos horrores, no porque no quiso, sino porque no pudo. Dios es infinitamente bondadoso, pero no infinitamente todopoderoso; Kung sacrifica la omnipotencia de Dios por la bondad. Un Dios no puede ser a la vez todopoderoso y todo bondadoso y permitir sufrimientos casi intolerables a la humanidad.

La película sugiere la pregunta: ¿Qué hubiera pasado si en 1637, año de los acontecimientos en Japón, hubiera llegado a Europa una misión para convertir digamos al budismo la Europa cristiana? Con seguridad le hubiera ido peor que a los jesuitas en Japón. En esos años la Santa Inquisición hacía de las suyas: asesinatos, torturas, cárceles, no solo contra quienes profesaban una religión diferente a la de Roma, sino aun con sus propios fieles. En solo España la Inquisición cobró más de 30.000 vidas, algunos elevan la cifra al cuarto de millón. Un poco menos debieron ser las víctimas en Italia.

Pensadores como Giordano Bruno fueron llevados a la hoguera por escribir que la Tierra gira alrededor del sol, contradiciendo el texto bíblico “Detente, sol, en Gabaón, y tú, luna, en el valle de Ayalón”. La película El hereje, de Liliana Cavani, trata sobre el atroz asesinato del pensador. En Bogotá, la Fundación Nueva Acrópolis erigió, en el parque Giordano Bruno, en el barrio Quinta Camacho, una estatua del precursor de la teoría heliocéntrica difundida por Galileo, quien también sufrió la persecución de la Iglesia católica por atreverse a pensar fuera de la interpretación literal de la Biblia.

No debe creerse que Josué detuvo el sol en Gabaón para que se prolongara el día para realizar una buena acción. Lo hizo para poder aniquilar cinco pueblos cuyo delito era defender su tierra de la invasión del pueblo elegido de Dios.

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