Por: Mauricio Rubio

Simone Veil, mujer excepcional

El legado de esta gran pensadora y política excede con creces sus aportes al feminismo. La militancia doctrinaria debería aprender de un espíritu tan libre y poco gregario.

Descubrí a Simone Veil estudiando el aborto. Su célebre discurso ante el parlamento francés en 1974, con el que logró la legalización, le bastaría para un lugar destacado en la historia del feminismo. En una Asamblea con 9 mujeres y 481 hombres ganó un pulso de tres días con sus noches contra machos y antisemitas insultándola. Siendo un verdadero hito, ella no entendía su fama por ese logro: “pienso que la ley Neuwirth que autorizó la píldora es mucho más importante”. Criticó el sistema de excepciones, que aquí se confunde con despenalización; mientras nuestra jurisprudencia sigue siendo prohibicionista, reaccionaria y paternal, para ella lo fundamental era la decisión libre de las mujeres. Y convenció.

En estos días, he quedado asombrado por esa mujer brillante, “siempre de pie”, multifacética, comprometida, contestataria, compleja, temperamental e imposible de encasillar; por la mezcla de independencia, rigor, principios verticales y espiíritu crítico: “mi primer reflejo es decir no, oponerme. No para contrariar sino para forzar que se exploren otras vías”. En una época en la que dogmas, doctrinas, etiquetas y trinos contaminaron la política; cuando proselitistas y activistas acorralan el debate y la reflexión, desprecian la evidencia, ignoran prioridades y hasta pisotean la ciencia y el sentido común, hará falta una “gigante de la causa de las mujeres, cuya estatura hace ver ridículas a muchas enanas del feminismo a nuestro alrededor”. La historiadora Annette Wieviorka recuerda que “su principal temor era la relativización, exactamente lo que ocurre hoy”.

Impresiona el desapego a la cartilla feminista que mostró al participar en una manifestación contra del matrimonio igualitario. Semejante herejía ha incomodado. Varios medios franceses reportaron que ella simplemente salió a “saludar manifestantes”; una periodista de Le Monde la disculpó anotando con displicencia que sí fue feminista, pero también “una mujer de su época”. El descache desnuda lo que las doctrinas dan por descontado: que las soluciones a un variado abanico de conflictos sociales y políticos complejos deben seguir un guión progresista uniforme, ya escrito y predecible, ineludible, dictado por las militancias. La incorrección de Simone Veil destaca lo obvio: se puede ser feminista sin apoyar la agenda gay, varonil y ajena, cuando no contraria, a las prioridades de las mujeres.

No están claras las razones para ese rechazo; algunos señalan que la preocupaba la adopción homosexual. También cabe una conjetura. En el tope de la epidemia de sida, ella fue voluntaria en el hospital parisino de Broussais a donde llegaban muchos afectados por la enfermedad; queda así descartado el comodín de la homofobia. Es factible que tomara conciencia de que la lucha por el matrimonio homosexual surgió vinculada al sida, como anotó el periodista gay Jesse Dorris. Su oposición reflejaría un desacuerdo con la militancia actual -de consignas ligeras, desfiles e imagen, no de argumentos- por haber opacado y deformado el debate. Su mensaje podría ser tan simple como “aún no me convencen”.

A Simone Veil la marcó definitivamente que a los 16 años la deportaran a un campo de concentración en Alemania. Décadas después calificó de “totalmente inexacto” el análisis de Hannah Arendt sobre el nazismo. Rechazó el “masoquismo intelectual” sobre la banalidad del mal. “Demasiado cómodo. Decir que todo el mundo es culpable equivale a decir que nadie lo es”. También criticó duramente al Estado francés: “si los deportados no hablamos es porque no quisieron escucharnos”.

"No soy activista de corazón, pero me siento feminista, muy solidaria con las mujeres que sea. Estoy más segura entre mujeres, puede que esto se deba a la deportación. Allí la ayuda entre mujeres era desinteresada, generosa. La de los hombres no. Y la resistencia del llamado sexo débil también era mayor". Bien lejos de las recalcitrantes que desprecian la belleza por convertir mujeres en objetos sexuales, Simone Veil no tuvo reparo en reconocer, con realismo y mucha seguridad, que se salvó de la cremación por ser bonita. "Estuve protegida por una mujer que me dijo "eres demasiado bella para morir aquí" y me mandó a otro campo con un régimen menos duro". Cual diva, con desparpajo, atribuyó ese golpe de suerte a un gesto de coquetería: “rociarse el pelo y el cuerpo con un perfume de Lanvin antes de quedarse desnuda en las duchas de Auschwitz”. Su redentora fue Stenia, prostituta polaca, “gritona, andrógina, cruel”, que fungía de guardiana de las prisioneras. Ojalá alguna buena novelista o guionista rescate y explore a fondo esta escena que el idealismo querrá sepultar. “Soy una optimista, pero no albergo ilusiones. De esa terrible experiencia guardé la convicción de que algunos seres humanos son capaces de lo mejor y de lo peor”.

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