Por: Augusto Trujillo Muñoz

Sin atmósfera para la convivencia

En el país más desigual de la región los concursos machistas que premian la vanidad acaban siendo la mejor esperanza para la movilidad social. Para pasar del estrato uno al seis es más fácil ser hermosa que estar bien educada.

Así describe El País de Madrid (marzo 9/17) el concurso de belleza que se sucede anualmente en Cartagena de Indias. En efecto, Colombia tiene muy pocos espacios de movilidad social y muchas barreras para la integración de sus diversos sectores o para el diálogo entre sus distintos estratos. Razones como esas hacen de Colombia el país más desigual de América del Sur.

En el siglo XIX el espacio para la movilidad social era la guerra y en el siglo XX lo fue la política. La jefatura del Estado —con algunas excepciones— recaía en personajes de élite pero no ocurría lo mismo en el Congreso, ni en las Cortes, ni en la Universidad, ni en el Ejército. Estas instituciones solían parecerse al país. Para bien y para mal el ejercicio de actividades públicas abría puertas hacia la movilidad social. Trabajosamente, pero el país avanzaba hacia la democracia. En cambio ahora, en tiempos de democracia de participación, los espacios políticos se estrechan y se respira una atmósfera social rarificada, desesperanzadora, sofocante.  

Por otra parte aumentó la desigualdad en los ingresos entre los colombianos. Colombia es “uno de los países más desigualitarios (sic) registrados en la WTID (World Top Incomes Database)”, escribe Thomas Piketty en su obra sobre El capital en el siglo XXI (p. 360). No tiene instituciones inclusivas, dicen Acemoglu y Robinson en su libro Por qué fracasan las naciones. Su sistema político no ofrece “el tipo de resultados que se esperan de una democracia” (p.442).

Tampoco tiene una identidad colectiva. El país se identifica con la selección nacional de futbol, con sus grandes ciclistas, incluso con la señorita Colombia cuando viaja a certámenes internacionales. Pero carece de símbolos capaces de movilizarlo como conjunto social. No tiene liderazgos que lo convoquen en el propósito de construir un proyecto común como nación. Por el contrario, la polarización política ha fracturado su comunidad y, de contera, ha producido indolencia dirigente e indiferencia ciudadana.

La política no es un escenario abierto a la participación sino un enclave de cúpulas. En sus ofertas abunda el delfinazgo cuyos méritos no son propios porque corresponden a su estirpe. La cima de su sector privado compensa a sus gerentes con una largueza socialmente nociva. Ochenta o noventa salarios mínimos mensuales para un ejecutivo de cualquier institución —pública o privada— no solo son un abierto desafío a la desigualdad social sino un factor que la fomenta en forma perversa.

Es más: Resulta un contrasentido exigir controles sobre el manejo de los recursos de las entidades del Estado pero ignorarlos cuando se trata de dineros del sector privado. También éstos últimos provienen del bolsillo del ciudadano común. ¿Quién paga los servicios de energía o acueducto que prestan las empresas privadas o los tiquetes de las compañías de transporte o la publicidad en una emisora o los servicios financieros de un banco? Desde el punto de vista de la equidad social, tanto el sector público como el privado son responsables de decisiones que generan desigualdad.

El Gobierno central tampoco abre espacios porque acusa un autismo que lo enclaustra. La Justicia genera desconfianza y en los medios de comunicación la capacidad crítica se neutraliza por cuenta de su estructura societaria. Hay buenos funcionarios y buenos magistrados y buenos periodistas. El asunto no es individual. Es un problema de funcionamiento de las instituciones. Alguna vez dijo el expresidente Lleras Restrepo que el país se estaba descuadernando. Ahora está desinstitucionalizado. Si no se hace una reingeniería institucional capaz de proyectar sus efectos sobre la vida cotidiana, cada día vamos a producir más legiones de excluidos. Y así la convivencia es imposible.

*Exsenador, profesor universitario. @inefable1

Buscar columnista