Por: Arlene B. Tickner

Sin precedentes

Los eventos extremos del clima se están generalizando en el mundo y sus efectos se agravan, como se observa en los casos recientes de los huracanes Harvey e Irma, y los monzones en el sur de Asia. Las lluvias que cayeron en Houston hace pocas semanas –entre 101 y 127 centímetros en 72 horas– dejaron atónitos a los más curtidos meteorólogos, y en su paso por el Caribe, Irma fue similarmente despiadada. La isla de Barbuda y la parte francesa de San Martín fueron reducidas a escombros, sus aeropuertos destruidos y hasta un 95 % de sus edificaciones afectadas. Por más que Cuba y Florida se prepararan, la devastación allí también fue aterradora. En India, Nepal y Bangladesh, la tasa de muertos por inundaciones atribuibles a los monzones asciende a más de 1.200 y el número de afectados a 40 millones.

Un hilo común que atraviesa estos episodios es su carácter “aberrante” y “sin precedentes”, lo cual se va convirtiendo tristemente en lo “nuevo normal” de nuestra vida en el planeta. Si bien ningún hecho singular es atribuible en un 100 % al cambio climático, la evidencia científica demuestra sin lugar a dudas que la alteración de la atmósfera por parte de los seres humanos ha exacerbado la frecuencia e intensidad de las tormentas (y de otros fenómenos naturales), de tal modo que su destructividad material y humana también ha subido. La explicación es bastante sencilla. Con el aumento de la temperatura de la superficie de la Tierra, la atmósfera produce más vapor de agua, y con ella más precipitación e inundaciones. A su vez, la subida en los niveles del mar ha contribuido al aumento de las oleadas de tormenta que, en lugares como Florida y otros puntos costeros al nivel del mar (como las pequeñas islas) intensifica los efectos catastróficos de las lluvias extremas.

Aunque el cambio climático se ha convertido en uno de los temas más transcendentales (pero también controversiales y politizados) de la agenda global, es difícil comunicar la amenaza que plantea a nuestra especie en cuñas mediáticas.

Primero, porque no es posible mostrar su impacto “causal” sobre un huracán específico, y segundo, porque quienes no lo sienten como un problema cotidiano apremiante se dan el lujo de cuestionar o minimizar su existencia o de no hacer nada para remediarlo. Como, además, el cambio climático tiene “cara de pobre”, ya que tanto los países como los grupos sociales más vulnerables son los que más costos pagan en daños y muertos, y menos capacidad tienen para adaptarse a sus crecientes efectos, el incentivo inmediato de los más ricos para hacerse responsables del daño que hacen es menor. Una de las consecuencias positivas de cadenas de eventos extremos como Harvey, Irma y José -si es que las puede haber- es que lo abstracto se pueda volver tangible, forzando a la toma de decisiones más proactivas para combatir este flagelo.

Agradezco a Fidel Cano haber informado en su admirable rendición semanal de cuentas, “Redacción al Desnudo”, sobre un error en mi columna de la semana pasada, en la que el diario colgó un último párrafo que no era mío y sobre un tema absolutamente distinto.

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