Por: Mauricio Rubio

Sin protección de Clara

Es colombiana, vive en el exterior, se acuesta con desconocidos, y le pagan por eso.

“No lo hago por lucrarme económicamente; es como mi hobby. Como al que le gusta cantar, al que le gusta bailar, es una pasión”. En la cama nunca finge, se lo goza. No dice cuánto gana pero anota que más que muchos gerentes o alguien que, estudiando, “se quema las pestañas cinco o seis años”.

Se crió en una familia grande y conservadora. Se operó los senos y estuvo tentada a retocarse la cola. Dos incidentes triviales de su adolescencia definieron su vocación: encontrar una revista erótica en su casa y una discusión con sus hermanas, que la llamaban patito feo, y le aseguraron que jamás llegaría lejos con su cuerpo. Sin confesarle a nadie su sueño empezó a modelar en vestido de baño a escondidas, y alcanzó a ser chica Aguila en dos ocasiones antes de emigrar.

Su esposo la apoya y ha sido esencial para no avergonzarse de su trabajo. “Me costó hacerlo porque de verdad lo pensé muchísimos años. Pero después de que tomé la decisión me sentí completamente segura. Jamás me arrepentí, ni me siento avergonzada, ni me siento mal, ni me siento incómoda para nada”. En el gimnasio, ataviada en body, con mirada lánguida y coqueto acento paisa anota que “el sexo sí es divertido, es algo que no debe tomarse con tanta seriedad tampoco, se debe tomar con responsabilidad, pero que sea un acto entretenido, divertido”.

Estas frescas reflexiones son de Esperanza Gómez, la famosa actriz porno que nunca utilizó apodo, porque “no tiene nada que esconder, ni de qué avergonzarse”. Cuando visita a su familia, la reconocen en la calle y le piden autógrafos que hacen sentir verdaderamente orgullosa a su madre.  La normalización de su oficio y su estrellato le alcanzaron para aparecer en #HolaSoyDanny después de Antanas Mockus hablando de paz. 

La primera película de cine rojo en el país —acerca de una huérfana violada reiteradamente por su padre alcoholizado— fue protagonizada por Nelly Moreno, quien sería luego representante a la Cámara por Bogotá. Después surgiría Gina Carrera, verdadera pornstar colombiana, “rubia, delgada y con pechos virginales, que grabó 197 películas en Estados Unidos”. Adicta al bazuco, terminaría su carrera “vendiendo su cuerpo a dos pesos en las calles nocturnas de Bucaramanga”.

Desde los años 80 se desarrolló en Medellín una industria de cine porno que se fue transformando en una modalidad “más discreta y personalizada” conocida como webcamers. Alicia Cano, joven diseñadora egresada de una universidad privada de Medellín, ejerce su oficio sin problema. De hecho, tanto la familia como los amigos están enterados. "Yo empecé a modelar porque necesitaba plata. Mi idea es ahorrar hasta alcanzar la independencia económica", aclara. Se estima que en el país unas 30.000 personas se dedican al cine para adultos.

La frontera entre el oficio de actriz porno y el sexo venal es no sólo tenue sino arbitraria. Según la Real Academia de la Lengua, prostitución es la “actividad de quien mantiene relaciones sexuales con otras personas a cambio de dinero”. Resulta insólito que una pequeña diferencia en el flujo del dinero —pago directo de un cliente versus remuneración a través de distribuidores y productores— logre semejante abismo en cuanto a la aceptación social de dos actividades tan similares. Después de su cuarto de hora mediático, Dania Londoño, la prepago del escolta de Barack Obama, se quejaba de que “no tengo cara para volver a vivir en Colombia”; el revés de Esperanza.

El discurso de trabajadoras sexuales organizadas como Fidelia Suárez es una variante de estrato bajo del de Esperanza Gómez o Alicia Cano, incluyendo el asunto crítico de la elección personal, el control sobre sus cuerpos y el deseo de ponerlos a producir dinero. Para su lamentable propuesta de ilegalizar la compra de servicios sexuales, Clara Rojas no ha tenido en cuenta nada de lo que afirman sobre ellas y su oficio. La congresista está tan poco segura de su propuesta que empezó a afirmar que reducirá los feminicidios, sin siquiera separar de manera tajante la participación de menores de edad en la actividad. Disuadir la prostitución voluntaria adolescente es el verdadero desafío: si toda fuera inducida por traficantes sería un escenario más simple de manejar.

El debate sobre un mercado del sexo tan peculiar como el colombiano, configurado por grandes desequilibrios demográficos, La Violencia, el narcotráfico y el conflicto armado, que exige regulación racional, imaginativa y pragmática, no necesita dramatismo ni importación de recetas ajenas a la realidad local. Seguir la cartilla de la industria internacional del rescate, una de cuyas finalidades es reforzar los controles a la inmigración ilegal en Europa, sería un error garrafal que agravaría cualquier problema existente. 

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