Por: Luis I. Sandoval M

Sindicalismo sobreviviente

Los actuales sindicatos en Colombia son sobrevivientes de las balas, del modelo económico neoliberal, de la estigmatización en la sociedad y de sus propias limitaciones. Pocas veces tantas circunstancias han conspirado juntas, por tan largo tiempo, contra un movimiento.

En 26 años han ocurrido 12.748 violaciones a la vida, integridad y libertad de los sindicalistas, entre éstas 2.932 asesinatos y 226 desapariciones forzadas, 487 sindicatos han sido víctimas de por lo menos un hecho de violencia y 313 han visto morir asesinado a por lo menos a uno de sus miembros. Estas inconcebibles cifras fueron dadas a conocer por Paula Gaviria Betancur, directora de la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas (Uariv) en entrevista reciente. Estudios minuciosos de las ENS y del Cinep corroboran estas revelaciones.

En Colombia nunca ha sido muy amplio el cubrimiento del movimiento sindical, pero mientras en 1980 había 1’051.000 sindicalizados, 12,3% de la PEA, en 2005, 25 años después, los sindicalizados eran solamente 831.000, 4,6% de la PEA. Hoy el índice es aún menor, no llega al 4%. Ello se debe al modelo económico y político predominante en el país, que tiene en la violencia un formidable coadyuvante porque ésta opera como intimidante para la acción y como destructora del tejido social penosamente construido por décadas.

Alfonso López Michelsen a partir de 1978 trató de inculcar la idea de una economía y una sociedad sin sindicatos: “En Colombia se altera el orden público porque hay sectores que se contagian del afán (importado) de cerrar demasiado rápido la brecha entre pobres y ricos. Eso también lo buscan los dueños del capital, pero con ritmo, con pausa, con orden”. “Para acelerar el proceso, explica, se apela a tres vías: la electoral, la armada y la sindical. Las conquistas laborales anulan la plusvalía, paralizan el sistema, los trabajadores explotan a los capitalistas, los sindicatos se van a tomar el Estado. Por eso lo que han hecho el señor Reagan y la señora Thatcher es tratar de sustraer la economía de las garras sindicales” (López, mayo 86). Estas luminosas ideas son las que han inspirado la actitud de gobernantes, empresarios, medios de comunicación, sociedad en general, frente a los sindicatos en las últimas décadas. De esa mentalidad son sobrevivientes los sindicatos.

Los sindicatos aparecieron hace 100 años con las primeras empresas industriales de cervezas, baldosines, confecciones, transportes… En una centuria han contribuido enormemente a mejorar las condiciones de vida de trabajadores y sectores populares, a ampliar las libertades y desarrollar la institucionalidad democrática, a defender los intereses y la dignidad de la nación, a impulsar la cultura de la solidaridad y a suscitar adhesión a los valores de la equidad social y el ejercicio efectivo de derechos. Sin la acción de los sindicatos no existirían Ecopetrol, la seguridad social, el Sena, las cajas de compensación, las pensiones… Pero el sindicalismo no ha estado exento de serias limitaciones en su estructura, su repertorio de acción, su práctica de la democracia, sus objetivos en cada período de la vida del país, su capacidad para unir fuerzas frente a poderosos gremios empresariales y multinacionales.

Es elemental que se emprendan campañas para cambiar los imaginarios negativos sobre el sindicalismo, que el Estado adopte una política pública de reparación transformadora frente a la inaudita victimización sindical (Proyecto Iscod-Codhes-Aecid), que se adopte el Estatuto del Trabajo decidido en la Constitución del 91, que se facilite la autorreforma sindical para que el movimiento sea en los años venideros, como ha sabido serlo en su trayectoria histórica, una pieza clave en la construcción de democracia y paz.

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