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Marcos Peckel 23 Ene 2013 - 11:25 am

¿Para qué sirve un presidente?

Marcos Peckel

Con un moderado cubrimiento mediático, unas expectativas más aterrizadas y un sentimiento de deja vu, se posesionó por segunda vez Barak Obama como presidente de los Estados Unidos, el supuestamente más influyente y poderoso funcionario del mundo.

Por: Marcos Peckel
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Contrario a lo que acaecía en un pasado no muy remoto, en la actual a sociedad de la globalización, tecnología, redes sociales, poblaciones educadas y empoderadas y numerosos países con aspiraciones, son evidentes los límites del poder, lo que se refleja en un desordenado panorama internacional.

Y si bien el presidente de los Estados Unidos tiene la capacidad teórica de destruir el planeta con el solo apretar de un botón, es mucho más limitada su capacidad para construir un orden mundial alrededor de la perspectiva americana o de liderar el establecimiento de nuevos principios que guíen un mundo donde “nadie le hace caso a nadie”, donde los gobiernos actúan sin temor a lo que pueda pasar, donde chiquitos y grandes se sienten con iguales derechos.
Un mundo donde las instituciones internacionales, el FMI, el G20, el BM, la ONU y otras están demostrando ser más un tinglado donde cada estado promueve sus intereses, que entes capaces de establecer mínimos consensos. La corte penal internacional, el “coco de los violadores de derechos humanos” no ha sido más que un elefante blanco que condena a uno que otro africano.

Las fastuosas cumbres para enfrentar los temas de la agenda global, como el cambio climático, concluyen sin resultados cuando no en mutuas recriminaciones, donde la parálisis hace carrera demostrando la carencia de un liderazgo global.

Un mundo donde el garrote no asusta y la zanahoria no seduce y nadie con una garrote más grande y una zanahoria más apetecible que el presidente de los Estados Unidos y sin embargo el mundo gira sin control, casi que al garete y al presidente de los Estados Unidos se le exigen resultados que ya no está en capacidad de obtener.

La diplomacia, otrora un noble arte, que requiere de paciencia y perseverancia, se hunde en un entorno que adolece de lo uno y de lo otro, que exige resultados inmediatistas con demasiados “cocineros” que arruinan el pastel.

China y Japón se acercan cada vez más al precipicio de una conflagración, Assad sigue campante matando en Siria, las centrifugas siguen raudas girando en Irán, los actores no estatales siguen haciendo de las suyas, Argelia ataca un complejo industrial matando a los rehenes occidentales, el continente africano es un hervidero de guerras donde estados intervienen abiertamente en otros, el conflicto palestino-israelí no vislumbra un actor internacional capaz de mediar entre las partes y en cualquier recodo del planeta pueden estallar situaciones que no suscitan acción concertada.

El mundo es una sinfónica sin director en la que cada músico toca su ritmo, con el instrumento de su elección y sin escuchar. Un mundo lleno de ruido.

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