Por: William Ospina

Sobre el musgo de estrellas

Mi madre me ha cotado que el nuevo papa

—no digamos su nombre—

expulsó del establo que ilumina la estrella a la mula y al buey:

no hay pruebas suficientes de esa doble tibieza

junto al pequeño dios de los pastores.

 

¿Y qué más pruebas quiere ese prelado

que millones de seres poniendo en sus pesebres a las bestias tranquilas

sobre el musgo de estrellas intermitentes?

¿Qué más pruebas exige que la canción del ángel en los supermercados?

 

Que agradezca más bien que nadie olvida

la noche hermosa de hace veinte siglos.

 

Yo, que no soy cristiano, que aparté de mi alma curas y obispos,

vuelvo a hacer el pesebre de Francisco de Asís, cuando diciembre empieza,

“con aserrín y conchas”, con casas diminutas y camellos enormes,

pastores de resina tomados de Millais o de Leonardo,

y hasta cisnes de plástico, la sustancia no importa, bajo un cielo glorioso sobre estanques de vidrio,

y quietos ríos de papel de estaño, reyes desportillados, ángeles de alas rotas,

pinos en los desiertos, zorros perdidos,

lastimosas ovejas de algodón, (acaso apenas Hölderlin en Alemania entenderá estas cosas).

 

La dicha de unos árboles con luces en la calle desierta,

el consuelo feroz de que algo nazca bajo estas nubes venenosas,

la prueba, una vez más, de que en la vida sólo creen los pobres,

que van de puerta en puerta. En ningún hospital habrá cupo esta noche,

porque el emperador ha decretado el censo —no para ampliar los cupos—,

y la pareja va de Ceca en Meca, sin dónde dar a luz, y sin un dracma.

 

Díganle que sí hay mula al obispo de Roma, porque en mula llegaron de su pueblo distante hace unas horas

(¿quiere que la muchacha viaje a pie, con ese vientre hinchado y doloroso, por los largos caminos?),

y cada vez hace más frío, y ni en Berlín ni en Roma, ni en Ulm, ni en Buenos Aires,

ni en Padua ni en Guarumo habrá posada para estos peregrinos,

y la estrella que atrae a los reyes del oro, del coltán y el petróleo,

no es una supernova, ni la desnuda Venus, sino el ojo encendido de un satélite,

y este canto que vuela entre el cielo y la tierra es la terca canción de la bondad humana,

la única tibieza del invierno del mundo es el pobre que abre su puerta al pobre.

 

Pero si el dios existe, no llegará a un palacio,

a ese templo de Roma, donde todo es de mármol,

sino al pequeño establo: que lo sepa el pontífice, donde si hay algo tibio

es ese pobre buey cansado y viejo que es un dios en sí mismo.

 

Porque la vida sigue, y hay que luchar con estas nubes verdes.

Yo le digo a mi madre: volvamos a cantar como en la infancia.

Los pontífices pasan,

pero el buey y la mula permanecen.

 

* William Ospina

 

 

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