Por: César Ferrari

Sobre la reconciliación

La paz comienza a llegar a Colombia. Los exguerrilleros se desplazan a sus reservas para dejar sus armas, y la fuerza pública, su antiguo enemigo, los acompaña sin incidentes junto con la misión de verificación de Naciones Unidas. Es un primer paso a la reconciliación, una reconciliación que debe ser general y es necesaria para que la sociedad progrese.

La reconciliación implica superar resentimientos. Esos resentimientos tienen origen, en gran medida, en el hambre, las carencias, los abusos y, sobre todo, en la inequidad manifiesta cuando muchos ven pasar riquezas, de las que no les queda nada o casi nada y otros pocos disfrutan.

Superar esas carencias y esa inequidad solo es posible con una economía que crece rápidamente en forma incluyente. Esa nueva economía solo podrá concretarse a través de una política económica distinta a la aplicada hasta la fecha. La actual, durante varias décadas, solo logró que en el mejor de los casos la economía crezca a tasas mediocres de 4 por ciento comparadas con las asiáticas, y produzca una profunda concentración de ingreso.

Esa política económica debe superar la insuficiencia de ahorro e inversión que impide la expansión acelerada de la capacidad de producción, y la insuficiente competitividad de las empresas que les impide vender bienes y servicios en forma creciente: si no venden, ¿para qué producen y para qué contratan más gente? Así, el ingreso de la gente no crece y por lo tanto no puede satisfacer adecuadamente sus requerimientos de bienes y servicios.

De otro lado, la teoría del consumidor, una de las bases de la teoría económica, nos dice que los humanos maximizamos nuestro bienestar adquiriendo bienes y servicios de acuerdo a nuestras preferencia y dada nuestras limitaciones de ingreso. La solución de ese problema genera lo que se conoce como demandas, de papas hasta automóviles.

Para adquirir esos bienes, para saciar por ejemplo el hambre, necesitamos ingreso. El problema ocurre cuando la economía no genera los empleos suficientes para proporcionar ese ingreso. Ese problema en Colombia no es pequeño: 9 por ciento de la población está abiertamente desempleada y 35 por ciento subempleada; es decir, casi la mitad de la población o no recibe ingreso o recibe un ingreso precario.

Las demandas se dan también para otros “bienes” a los cuales usualmente llamamos valores, por ejemplo seguridad y solidaridad. Estos otros “bienes” no tienen precio ni se atienden a través del mercado, lo cual no quiere decir que no los demandemos ni estén excluidos de nuestra función de bienestar.

Estos otros bienes o valores no requieren ingresos para saciarse, pero sí dependen de nuestras preferencias definidas por la historia, la cultura y la sicología. Esas preferencias son modificables, por ejemplo a través de la publicidad que desarrollan los publicistas para impulsar las demandas de bienes, servicios o valores que quieren promover.

Resulta que durante los últimos años, partiendo de hechos reales magnificados convenientemente, la demanda de seguridad ha sido promovida a niveles, en muchos casos, casi paranoicos, lo que ha relativizado la demanda por solidaridad. Esta poca preferencia por la solidaridad es tan notoria que son frecuentes, por ejemplo, los casos de abusos sexuales en los buses de transmilenio o de asaltos en los buses del SITP que nadie denuncia; pareciera que no importara que se repitan en perjuicio de otras personas. 

La poca preferencia por la solidaridad emerge también del desconocimiento del prójimo y no tan prójimo, en particular si es distinto. Esa ignorancia crea miedos, distancias, rechazo a la diversidad e insolidaridad. De tal manera, reconocer que aun con diferencias todos los humanos somos igualmente humanos, requiere educar a las personas para superar sus prejuicios sobre los otros.

Mejor dicho, generar reconciliación exige generar ingreso de forma equitativa, revalorizar las preferencias en favor de la solidaridad, y educar a las personas en el conocimiento de lo diverso, lo que redundará en el progreso de la sociedad ¡Gran tarea!    

*Profesor, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía.

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