Por: Lisandro Duque Naranjo

Sobre secuestros “light" y otras cosas

TAL VEZ SOLO ME OCURRA A MÍ, PERO hay momentos en este país en los que, en lugar de irritarme con ciertas noticias, prefiero convertirlas en un divertimento. Pasajero, desde luego, porque la patología política que implican es digna de una república terminal.

Hace dos semanas, a Gina Parody, directora del Sena, los estudiantes de esa entidad le hicieron un mitin de protesta en Manizales. Molesta, o asustada, ante los manifestantes, decidió entonces encerrarse en esa dependencia durante cuatro o seis horas. Y al salir de allí, e incluso con denuncia posterior ante juzgado, declaró que aquello había sido un “secuestro”.

Habrá que esperar a ver si de esa experiencia sale un libro, pues cautiverios previos –el de Íngrid Betancur, Alan Jara, el sargento Pinchao, etc.–, dieron lugar a un género literario exitoso, lleno de riesgos selváticos, necesidades fisiológicas insatisfechas o sin ninguna privacidad, sustos con culebras y fugas nocturnas por ríos dramáticos.

Será confiar en que la doctora Parody, después de ese encierro en la instalación burocrática, logre conmover a sus lectores con un testimonio épico, o intimista, lleno de sufrimientos extremos. Lástima que hubiera habido allí ventanas, baños, refrigerios y posibilidades de chatear. Y que como no la agarró la noche en esa oficina, con todo y amanecida en un sofá o debajo de un escritorio, no hubiera alcanzado el flagelo padecido para que su familia le diera ánimos desde “las voces del secuestro”.

También algún día, en la Universidad Sergio Arboleda, asistiremos al lanzamiento de las memorias sobre el “secuestro” de que, según sus propias palabras, fue víctima el doctor Oscar Iván Zuluaga cuando, a causa de las protestas de los mineros de Caucasia, el automóvil que ocupaba tuvo que quedarse quieto en un trancón durante cuatro horas. Por ser quien es el “plagiado”, se escapó de que, para salvarlo del tedio de esa carretera, el que piensa por él hubiera pedido un rescate a sangre y fuego.

No sé si únicamente aquí los episodios originales tienen la vocación de clonarse en réplicas “light”, o ridículas, o cínicas, como en un espejo deformado que devuelve una caricatura. Hay otro caso: la modalidad lujosa, por ejemplo, como algunos ricos de ciudad se hacen a sus propias zonas de reserva campesina, esas sí  verdaderas republiquetas independientes de los empresarios. En efecto, una ministra actual, la de Educación, antes de serlo, un embajador en Washington (también previo a ser nombrado, y ya en este momento caído de donde apenas estuvo un ratico), varios dueños ilustres de mucho ingenio, los de Riopaila, un acaudalado banquero y propietario de periódico, Luis Carlos Sarmiento, y por supuesto alguien con menos caché que ellos, pero a quien le aprendieron mucho, el extinto Carranza, se valieron de confidencias privilegiadas para usurparle tierras a quienes de verdad las sudan y supuestamente la ley los ampara.

A estos últimos, cuando reclaman lo que les pertenece, les echan encima al Esmad, mientras que a esos falsos labriegos les ofrecen los códigos para que los remienden.

De ese mundo paralelo que reproduce una imagen contrahecha, también ha comenzado a formar parte el TLC, al convertirse en una DEA que persigue a nuestra agricultura. Ahora el arroz es un cultivo ilícito, y pronto lo serán otros. Ya han caído varios cargamentos. A partir de la fecha, el que críe pollos u ordeñe vacas, va a formar parte de algo parecido a la “lista Clinton”.  Aún así, no diré que ya perdimos el derecho a llorar sobre la leche derramada.

 

Ni a mandar Miami al CTI a agarrar, para juzgarlo acá, al policía gringo que mató al joven grafitero colombiano Israel Hernández. El problema es que aquí el Congreso acaba de ascender al general de la policía implicado en encubrimiento del crimen del otro grafitero, el pelado Diego Felipe Becerra. Mejor dicho…

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