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hace 18 mins
Por: Andrés Hoyos

Soluciones hiperbóreas

The Economist cuenta en una edición reciente cómo los países escandinavos han reparado exitosamente el Estado de bienestar, tan amenazado e insostenible según se decía.

La revista enfatiza que lo hicieron en parte recurriendo a más mecanismos de mercado, lo que le gusta, pero acepta a regañadientes que mantuvieron lo esencial, lo que le gusta menos. Por si acaso, ni el sur de Europa ni Japón han podido llevar a cabo nada parecido.

Como estos países hiperbóreos siguen siendo los más igualitarios del mundo, al tiempo que muy ricos, uno supone que son el norte al que mirarán las izquierdas reformistas del mundo, no porque el modelo sea replicable —éstos no existen—, sino porque sirve para renovar las ideas y revitalizar el debate. Imaginemos, pues, a un político que toda la vida haya escorado a sinistra yendo de visita a los países escandinavos. ¿Qué encontrará y qué no?

Lo primero que no encontrará será violencia colectiva asociada con el cambio; ésta hace siglos fue erradicada. Ni siquiera encontrará la violencia verbal que tanto gusta en el trópico. Verá una tributación sólida a cargo de las personas, tanto empleados como inversionistas —los dividendos pagan tasas altas—, pero menos a cargo de las empresas. No verá un gasto público desbocado y desfinanciado, como les gusta a los populistas. La deuda pública es muy baja en estos países y a veces hay superávit fiscal.

Encontrará una educación pública de calidad pero, para su desasosiego, la verá competir abiertamente con la privada y, todavía más insólito, encontrará que la pública no siempre sale perdedora. Se sorprenderá de que las universidades venden su conocimiento y están muy conectadas con el mercado, sin por eso dejar de ser grandes centros intelectuales. Encontrará sistemas multimodales de transporte público y muchas bicicletas, pero no gasolina barata como la americana, ni siquiera en Noruega, un gran país productor. Encontrará un sistema de pensiones sólido y sostenible, aunque menos generoso que hace 20 años. Verá con sorpresa que las compañías de servicios públicos con frecuencia son privadas o mixtas.

Le dirán que es posible despedir empleados con relativa facilidad (sobre todo en Dinamarca), si bien encontrará beneficios al desempleo y generosos programas de reentrenamiento a cargo del erario. No se cruzará con muchos enemigos del libre comercio ni oirá mueras a la burguesía; muy por el contrario allá consienten a los empresarios y quieren que surjan nuevos. Tampoco odian a las compañías locales; antes al contrario, las protegen. Permiten, sin embargo, las quiebras, incluso las grandes, al tiempo que fomentan en forma frenética la innovación y los nuevos emprendimientos.

Encontrará que la cultura, muy gris hace 20 años, florece ahora conectada con el lado más vital de la sociedad; allá no la consideran una diversión superflua para los ricos, como acá.

Encontrará, en fin, que la máxima pragmática de Deng Xiaoping se aplica a rajatabla: si el gato caza ratones, su color es lo de menos. Los escandinavos, en fin, descubrieron la manera de combinar una potente economía de mercado con un Estado próspero y grande, aunque no tanto como antes, sin destruirlo.

Es una lástima que Gustavo Petro no haya podido viajar por Escandinavia antes de improvisar en Bogotá sobre su envejecido recetario. Por fortuna, Clara López, Jorge Robledo e incluso Piedad Córdoba todavía están a tiempo de ir a mirar.

 

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