Por: Julio Carrizosa Umaña

Las soluciones no están en Bogotá (III)

Los ambientalistas apostamos a que las soluciones de los conflictos no están en Bogotá, se encontrarán en el resto del país. Nada que se pueda hacer en las 35.000 hectáreas que cubre la capital podrá, por sí solo, llevarnos a la paz.

Por eso insistimos en que es necesario disminuir la concentración de poder, dinero y conocimiento a 2.600 metros sobre el nivel del mar. Esa situación es el resultado de la tragedia que estamos tratando de terminar, de la guerra, de la corrupción, de la pobreza. Hay gente que piensa y actúa para tratar de intensificar y perpetuar esa concentración. Nosotros pensamos que eso es un error gigantesco.

Apostamos, por ejemplo, a que la gran metrópoli del futuro se construirá y se está construyendo en la metrópoli del Caribe, en el conglomerado que se conforma entre Santa Marta, Barranquilla y Cartagena, pero a la vez recordamos que esa metrópoli tiene también sus límites, establecidos por circunstancias ecológicas, económicas, sociales y culturales. Un límite clarísimo lo genera el cambio en el clima que obliga a pensar desde ya en cómo proteger playas, murallas y malecones.

Pensamos que en Córdoba y en Sucre está la posibilidad de establecer las capitales agrarias del país, los cultivos limpios que espera la FAO de las familias de agricultores para solucionar las crisis alimenticias de los países vecinos. Recomendamos que en esas cuencas se construyan ciudades intermedias de menos de un millón de habitantes, sin segregación social, defendidas del cambio climático, que sean ejemplos de construcción sostenible y de producción agroindustrial ecológica y competitiva.

En el borde de la capital, en la altiplanicie, pensamos que, en lugar de destruir sus suelos, se debe lograr que sus productos agropecuarios obtengan una denominación de origen, ya que son los únicos producidos en un terruño sin igual, con aguas llegadas directamente de los páramos, nutridos por cenizas volcánicas en el trópico frío, y soñamos que los precios obtenidos en esas condiciones sean suficientes para que los propietarios se olviden de sus ilusiones urbanas.

Tenemos la esperanza de que estas y otras ideas, unidas a los estudios que realizan grupos de investigación, constituyan las bases de la nación en paz que construirán nuestros hijos y nietos en unión con los que se equivocaron, con los que lentamente están comprendiendo la complejidad del país y avergonzándose de las simplezas que guiaron la guerra.

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