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Fernando Araújo Vélez 17 Feb 2013 - 1:00 am

Sombras nada más

Fernando Araújo Vélez

La lógica lo desbordaba. Dos más dos era cuatro, siempre cuatro, siempre exacto, siempre blanco y negro.

Por: Fernando Araújo Vélez
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Para cada día tenía un vestido, y para cada vestido, una corbata y un par de zapatos. Sus rutinas y horarios jamás debían alterarse. Los seres humanos, para él, habían terminado por convertirse en números que se multiplicaban, que se restaban, y en algunos pocos casos, que sumaban. Había abjurado de dioses, espíritus y creencias veintitantos años atrás, una noche de insomnio en la que no le encontró relación al más allá con “su” más acá, y rompió en mil pedazos las enseñanzas de sus padres y de los curas del colegio.

Con el tiempo, él mismo se convirtió en una constante suma de sí mismo. Uno, dos, diez, 20 días más. Uno, dos, diez, 20 años más. Los pesos multiplicados en proporciones directas y exactas, igual que los metros cuadrados de sus casas, y el número de cuadros en las paredes y de libros en las estanterías. El amor también debía ser una relación precisa. Dos casas, tres posgrados, una finca, tres noches de pasión, dos cumplidos, cinco regalos, una visita a la semana, y así, a cambio de un ella y un número calculado y consensuado de besos, salidas a teatro o a cine, medidas conversaciones y determinados paseos que ningún ella resistió.

Acababa de cumplir 47 años. Los celebró con dos amigos que seguían en turno, y se tomó dos copas de vino tinto. Se acostó a dormir a las once de la noche, sobre el costado izquierdo, como todas las noches, después de sus consabidas rutinas. Sin embargo, esa noche no pudo dormir. Oyó pasos, voces, el ruido de un mueble que iba y volvía, que iba y volvía. Oyó el viento, fuerte, decidido, pero todo se lo atribuyó a los vinos. A la mañana siguiente fue a trabajar, como de costumbre. Cuando regresó a la casa le preguntó a la portera de su edificio si alguien se había mudado. Ella le respondió que no, por no tener que dar explicaciones.

Esa noche y la otra noche, y esas dos noches multiplicadas por 20, los ruidos continuaron. Las voces, el viento, gatos y perros. Es el insomnio, dijo. El cansancio, dijo. Se tomó una pastilla. Cuando por fin logró dormir, soñó con que él era el lado blanco de otro hombre idéntico a él. En la mañana, cuando se asomó al espejo para afeitarse, sólo vislumbró sombras.

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