Por: Piedad Bonnett

Lo que somos

El pasado domingo de Pascua la sala de inmigración del aeropuerto Eldorado hervía de gente que volvía de vacaciones.

Como a la hora de mostrar los pasaportes había cuatro filas de distinto tamaño cada una y poca señalización, muchas personas desconcertadas se acercaban a un único empleado que parecía estar allí para controlar aquel gentío, y le preguntaban distintas cosas: si esta fila era para colombianos, que dónde tocaba hacerse si se estaba en tránsito, si se podían hacer en esa cola que era más corta, etc. El guarda, empleado, o lo que quiera que fuese, mirando a la lejanía para eludir los ojos de los preguntones, mascullaba casi con desagrado, como haciéndoles saber que eran unos imbéciles, algo así como “pues donde quieran, porque ahí no se podía pero ya lo hicieron”.

Viéndolo, volví a preguntarme por qué en un país donde muchos quisieran autoritarismo y mano fuerte y donde tantos añoran todavía a un dictadorcito como Uribe, la autoridad más necesaria, que es siempre la más sencilla, la que se necesita para que la vida diaria sea llevadera, no funciona. ¿Por qué el policía bachiller se aculilla frente al gentío que trepa al Transmilenio y se hace a un lado, y el agente de tránsito se hace el de la vista gorda con el que se pasa el semáforo o con la camioneta llena de guardaespaldas mal estacionada, o el encargado de que haya fila en un teatro o en la droguería o la entrada a un estadio acepta el despelote que él mismo podría evitar? ¿Por qué tantos de los que están llamados a ejercer ese tipo de autoridad no se sienten investidos de ella?

Ese mismo día, revisando periódicos, me encontré con que Dharmadeva, en su columna, se hacía preguntas similares sobre la idiosincrasia del colombiano, a propósito de la mala atención que recibimos los bogotanos. Y concluí que los dos fenómenos están emparentados. ¿Le ha pasado a usted que si indaga a un empleado sobre un artículo éste le pregunta a un segundo y este segundo a un tercero, que tampoco sabe? ¿O se ha topado con la rigidez inapelable de un funcionario, de un portero, de una mesera, por encima del sentido común? Yo tengo el ejemplo máximo: en una reconocida cadena de cafeterías pedí un “combo” de desayuno, pero solicité que me cambiaran el café por un té. La empleada me advirtió que el té lo tendría que pagar aparte. ¿Por qué? Porque así lo ordena “la administración”. Pero qué es más caro, el té o el café, indagué yo. El café. ¿Y entonces? Pero nadie pudo moverla de ahí.

Sin duda falta de empoderamiento, como dicen ahora, o de autoestima, o de entrenamiento y profesionalismo, o de una educación que permita no repetir lo mismo como loro, como anota Dharmadeva. Rasgos del subdesarrollo. Pero ante el caos, a veces los que se empoderan son otros: los listos, los ingeniosos, los que sacan partido del desorden. La imagen que las condensa todas es la del indigente que, ante la ausencia del policía de tráfico, rompe atascos en las esquinas armado de un pito, harapiento pero con gracia y agilidad, en magnífica metáfora de lo que también somos.

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