Por: Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja

Somos aves de paso

Se supone que junio en Medellín es mes de cielos azules, soles estridentes, brisa, la eterna primavera que le tienen prometida a los turistas gringos del parque Lleras, siempre en bermudas y chancletas. “Eso era antes”, refunfuña mi amiga Isabel Barragán, mientras sentimos escurrir la lluvia de nuestros paraguas. El clima estará podrido, pero ella sigue inmarcesible, o sea, inmarchitable. El 11 de julio volverá a cumplir 33 años, envidia o caridad de tantas almas gemelas. No hallo palabras para describir su belleza… interior. Porque la de afuera me atropella sin remedio: elástica, liviana, simétrica: ni las mujeres de Rubem Fonseca son tan divinas, seductoras o irresistibles.

“¿No pues dizque estabas preñada?”, le pregunto mientras los goterones resbalan en el paraguas rojo. “¿Qué?”, se escandaliza. “Sí, me contaron que Nano, tu marido, te había cogido la vena”. Me pega un codazo: “¡Guache!”. Y sin transición, a riesgo de que nos empapemos, se remueve y saca un libro de su bolso Gucci o Hermès. Aves de paso, de Eduardo Peláez Vallejo, Alfaguara, mayo, 2017. “Es un libro de percepciones, hermoso, sincero y tierno”, dice. “Narra casi 70 años de venturas y desventuras en la vida de los Peláez Vallejo, una familia antioqueña con mamá, papá, cuatro hermanas y seis hermanos”. “¿Gente de modo?”, me preocupo. “¿O sea?”, se confunde Isabel. “Quiero decir, ¿al menos tenían con qué vivir?”, digo.

Isabel hace un gesto de desdén y me informa que Aves de paso no es nostalgia ni melancolía ni quejumbres. “Es la evocación de un pasado aún presente en la sangre, las costumbres, las ilusiones y la decencia”, dice. “Y también una invocación a «lo sabido, lo imaginado, lo imaginable, lo inimaginable», una remembranza sin contriciones ni culpas ni mojigaterías ni escándalos”. Me señala una frase resaltada en la página 178: “Los jóvenes invocan el futuro y después recuerdan; los viejos evocan el pasado para poder vivir”.

“¿Es una novela?”, le pregunto. “Puede ser”, me aclara. “O también una autobiografía o un libro de memorias, como advirtió el poeta Darío Jaramillo Agudelo en la presentación de la obra. No es como Los días azules, esa larga y sombría jeremiada de Fernando Vallejo. Se asemeja más bien a los entrañables relatos de La vieja casa de la calle Maracaibo, de María Cristina Restrepo”. Empieza a escampar. El sol se asoma con irritación por entre el cielo, encapotado de mercurio. Hojeo el libro. “En la página 213 Aves de paso da una vuelta de tuerca”, dice Isabel. “¡Qué digo! Un vueltononón. De repente, aparece una familia francesa, la familia Morillon, «sangre de otras venas y venas de otras sangres», y lo que parecía retrato de costumbres se vuelve fábula de suspenso”. “¿Con happy end?”. “Mejor que eso, el final es un remanso de amor, inteligencia y generosidad”. “¿Y ese Peláez de dónde salió?”, pregunto con la insolencia de cualquier tuitero. Ella cierra el paraguas, de golpe, y busca otra frase resaltada en verde: “Me gusta leer porque en lo que leo me veo; y me gusta escribir porque en lo que escribo me digo (…) Mi gusto es la literatura, sin rigor, para el placer, porque concibo la vida como placer”. “Uy, como yo”, exclamo, feliz de la moña. “Igualado”, se burla Isabel y se va como vino, angelical, terrenal, inevitable.

Rabito: “Aves de paso / El tiempo no pasó: / aquí está. / Pasamos nosotros. / Sólo nosotros somos el pasado. / Aves de paso que pasaron / y ahora, / poco a poco / se mueren”. José Emilio Pacheco.

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