Por: Julio César Londoño

Son altos

Son altos, hablan distinto, huelen distinto, son los alfa. Sus hombres de ciencia develan a diario los secretos de la vida y la materia. Sus fábricas no paran de emitir prodigios.

Su lengua es distinguida y difícil, muy difícil. Desde niños, los omega nos esforzamos por aprenderla; y nos embutimos como sea en sus pantalones de tela áspera y hasta saboreamos sus comidas sosas y sus bebidas carbonadas y cantamos sus canciones.

Se dice que nada escapa a sus insomnes satélites. Que pueden escuchar, digamos, la conversación que sostendrá esta noche en su habitación cierta pareja —es probable que ya sepan de qué tratará— y que pueden quebrar una botella a once mil kilómetros de distancia sin derramar una gota de su contenido.

Todos soñamos ser como ellos. A veces algunos de nosotros logran atravesar la frontera burlando el muro, las alambradas, los perros, los sensores, los omnividentes ojos del Imperio, y hasta se introducen en sus casas para asearlas, lavar los platos, las ropas, recoger las basuras y salir en puntillas. En las noches nos llaman exhaustos y nos describen las mil y una maravillas del Imperio, el orden, el respeto por la ley, la lluvia de oportunidades, los ríos de oro, el brillo de su democracia. Los extrañamos, claro, y al final del mes recibimos con lágrimas en los ojos el producto de su trabajo.

Nosotros los presentíamos mucho antes de que existieran. Los futurólogos omega los habían visto en sus sueños. Un día —profetizaban— habrá un gobierno mundial dotado de un ejército tan poderoso que arbitrará los conflictos entre las naciones y guardará la paz.

Pero nunca pensamos que la profecía se cumpliera tan rápido ni que los métodos de los hombres del Imperio fueran tan enérgicos ni que muchos de sus actos nos resultarían incomprensibles. Como cuando arrojaron en la mañana toneladas de trigo y leche sobre una aldea miserable, y en la noche la bombardearon. O la vez que escupieron al presidente de una república omega mientras el director de la Bolsa del Imperio se inclinaba ante un campesino viejo, ignorante y sanguinario de la misma república.

Es que son volubles. A veces miman a un omega durante años, y un buen día pulsan un botón y borran su país, sus ríos, ciudades y cordilleras, y hasta su nombre desaparece de los libros de historia.

Quizá por esto una secta herética de los omega ha empezado a divergir. Aceptan la superioridad del Imperio pero descreen de su naturaleza divina, de su omnisapiencia y bondad. “Nadie nos dijo —dicen— que los hombres del Imperio podían atentar contra Gaia, enturbiar sus aguas, tiznar el aire, insultar los tribunales. Nadie nos dijo que eran viciosos y censores a la vez; lascivos y puritanos, guerreros y pastores; que sus políticas podían dejar sin empleo a millones de omegas, desatar hambrunas, extinguir músicas, trajes, comidas, artes, lenguas; que la memoria de la humanidad los tenía sin cuidado, que despreciaban las bibliotecas y los museos omega, y adoraban unos pozos de líquido negro y maloliente”.

Exageran, claro. La mayoría de los omega del mundo, en especial los más ínfimos, seguimos confiando en que los hombres del Imperio nos redimirán tarde o temprano. Sobre su bondad infinita no tenemos ninguna duda. Lo prueban con frecuencia enviando al cielo a miles de sus enemigos con armas matemáticas. Allá estarán ahora, a la diestra de ese dios que ama al que muere en la guerra.

Yo creo en los alfa. ¿Cómo dudar de una democracia en la que cualquiera, incluso un blanco subdotado, puede ser presidente del Imperio, como el anterior, o un negro, como el de ahora? ¡La gloria sea siempre con ellos!

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