Foro El Espectador y Colombia 2020: La inclusión y la educación, pilares para la paz

hace 4 horas
Por: Mauricio García Villegas

La superioridad del 'Homo sapiens'

Las águilas tienen una vista diez veces más poderosa que la de los humanos, el olfato de un perro es unas cincuenta veces más eficaz que el de un hombre y las ballenas y los elefantes oyen miles de veces mejor que una persona. No obstante, por el hecho de ser racionales, los seres humanos nos consideramos superiores a los animales.

Pero nuestra racionalidad, lo mismo que nuestra vista y nuestro olfato, tiene limitaciones. Sólo funciona bien en lapsos de tiempo cortos y en espacios limitados. Nos ayuda a sobrevivir como individuos, incluso como partes de un grupo, pero nos traiciona cuando la supervivencia se vuelve un asunto planetario o intergeneracional.

La mejor ilustración de lo que digo está en la manera como explotamos los recursos comunes escasos. Cuando hacemos uso de, por ejemplo, el aire, los bosques o los mares, quedamos atrapados en una lógica que conduce a su destrucción. Garrett Hardin describió ese fenómeno como la “tragedia de los comunes” y para ello puso el ejemplo de varios pastores que llevan su ganado a un potrero de uso público. Cada pastor sabe que el potrero sólo soporta un número determinado de vacas y que más allá de ese número, debido al sobrepastoreo, el potrero se va deteriorando. No obstante, impulsados por su racionalidad codiciosa, cada uno lleva una o varias vacas de más al potrero buscando beneficios adicionales y haciendo que los perjuicios del sobrepastoreo sean asumidos por el grupo. El problema es que, como todos actúan así, el potrero se agota a la larga y todos salen perdiendo. La racionalidad inicial se convierte en una viveza boba.

Lo mismo les pasa a los pescadores de los ríos. Como los peces no son de nadie (son de todos), el pescador sabe que si no los pesca hoy nada le garantiza que otro no se los lleve durante la noche y que mañana no haya nada que pescar. Con esa lógica, cada uno intenta sacar el mayor provecho posible, lo cual acarrea la sobreexplotación del río. La misma tragedia de los pastores y de los pescadores ocurre hoy a nivel planetario con la expulsión de carbono a la atmósfera (origen del calentamiento global) y con la sobreexplotación de los mares. Los gobiernos de los países reproducen la misma mentalidad miope y egoísta de los pastores, la cual los conduce, en el largo plazo (ya no tan largo) a perderlo todo. Las grandes potencias son las primeras en alimentar esta tragedia: los Estados Unidos sobreexplotan el planeta porque saben que lo que dejen de explotar será apropiado por China, y viceversa.

Somos como cangrejos atrapados en una vasija. Cada vez que uno está a punto de escapar del recipiente, el otro lo jala hacia abajo. La colaboración, con un mínimo esfuerzo, los habría salvado a ambos; pero su lógica individual los condena al agotamiento y a la muerte.

A pesar de tener racionalidad (o quizás debido al tipo de racionalidad que tenemos) no hemos podido encontrar la manera de garantizar la supervivencia del planeta y, con ella, la nuestra. Es cierto que hay propuestas valiosas para escapar a la tragedia de los comunes (Elinor Ostrom, premio Nobel de Economía, propone algunas de ellas), pero son todas muy locales, difíciles de aplicar y siempre chocan con el muro infranqueable del interés nacional de los países.

El hecho es que si no encontramos pronto una solución pasaremos por el mundo no sólo como una especie que sucumbió, sino como la única que, en ese fracaso, trajo consigo la destrucción de todas las demás. ¡Valiente superioridad la del Homo sapiens!

Buscar columnista

Últimas Columnas de Mauricio García Villegas