Por: Catalina Ruiz-Navarro

¿Por qué tan solitas?

Hace unos días nos enteramos del feminicidio de dos turistas argentinas, Marina Menegazzo y María José Coni en la paradisíaca playa ecuatoriana de Montañita.

Las mujeres fueron encontradas, una con un golpe en la cabeza, y la otra con herida de arma blanca. Uno de sus posibles agresores, confesó, dijo que las jóvenes le habían dicho a un amigo suyo que no tenían dinero para hospedarse, que las llevaron a sus casas y que “allí ocurrió la tragedia”. Sin embargo, la confesión no sirve como prueba para una condena, ni en Ecuador ni en Argentina, y las familias de Menegazzo y Coni dicen que la versión oficial no tienen sentido: sospechan que las turistas hayan sido capturadas por una red de trata. Dicen los familiares que es inverosímil que las jóvenes se fueran voluntariamente a la casa de dos desconocidos, además se han señalado varias irregularidades en el proceso: no se sabe si hubo un fiscal en el levantamiento de cuerpos, ni si había orden de allanamiento para la vivienda, ni si los detenidos tenían un abogado al dar su testimonio.

Esta vez pasó lo que pasa en casi todos los feminicidios. Los medios preguntaron qué traían puesto, que si estaban de fiesta en Montañita (ese vortex de perdición para los jóvenes), que si les gustaba mucho bailar. Sin duda, ellas provocaron su asesinato. Salir de sus casas fue temerario, irse a otro país, “solas” (aunque en realidad se fueron juntas), aún peor; querer conocer el mundo fue una provocación para el asesinato. Para variar la Policía fue negligente y, cuando los familiares hicieron el reclamo, el presidente Correa les dijo que esos eran “complejos del tercer mundo”. Sin embargo, estos feminicidios no son un problema de perspectiva, son cifras, se enmarcan perfectamente en la violencia de género, y son además una advertencia para todas las mujeres en Latinoamérica: ¡cuidado con el lobo feroz! ¡A ti también te puede pasar!

Todas las mujeres estamos entrenadas desde niñas para saber por donde no podemos andar “solas”. Recuerdo que cuando era niña y jugaba en la terraza de la casa, mi abuela me advertía que si se acercaba algún hombre debía empezar a gritar los nombres de mis familiares hombres (mi abuelo, muerto, mi tío, en Estados Unidos) pues, aunque nunca llegarían, los gritos serían una señal de que no “estábamos solas”. Poco conocí de la región Caribe durante mi infancia o adolescencia porque, como en mi casa solo había mujeres, salir de Barranquilla implicaba algo impensable: “mujeres viajando solas por carretera”. Por esta misma razón no montamos en taxi “solas”, y si toca, le dictamos histriónicamente a alguien las placas del carro por teléfono. Hoy, y con toda razón, muchos padres y madres deben estar pensando en no dejar viajar a sus hijas solas porque las pueden matar. Pensemos en todas las cosas que las mujeres no podemos hacer, en todos los lugares a donde no podemos ir, ¿les parece que eso es igualdad?

La violencia de género, el acoso sexual, los feminicidios y las violaciones construyen barreras imaginarias, delimitan esos lugares a donde las mujeres “no podemos ir”.

Poco a poco y “por seguridad”, las mujeres terminamos confinadas a los espacios privados, en donde, para mayor horror, también somos blanco frecuente de violencia doméstica. Al final resulta que no hay tal cosa como un lugar “seguro” en donde las mujeres podamos estar o, al menos, no cuando el machismo y la misoginia habitan todos los espacios. 

@Catalinapordios

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