Por: César Ferrari

Tangentopoli latinoamericano

La empresa Odebrecht se asocia con sobornos y compra de contratos en Brasil, Perú, y Colombia entre otros países. En Brasil, la operación judicial Lava Jato puso al descubierto la enorme corrupción desplegada por dicha empresa, particularmente en su relación con Petrobras, la empresa petrolera estatal.

Los hechos en Brasil, Perú y Colombia tienen a varios políticos y empresarios en la cárcel o cuestionados. No son los únicos: no es posible olvidar al cartel de los contratos en Bogotá que llevó a la cárcel al alcalde y a varios políticos, concejales y empresarios. Más recientemente, el contralor colombiano denunció una gigantesca sobrevalorización de costos en la estatal Reficar que tiene cuestionados a varios políticos y funcionarios.  

Esos hechos no pueden menos que traer a la memoria la gigantesca red de corrupción italiana llamada Tangetopoli (ciudad de los sobornos en español), descubierta por jueces y fiscales mediante la operación Mani Pulite (manos limpias). Tangentopoli involucraba todo tipo de sobornos y cohechos cometidos por empresarios y funcionarios públicos en las compras y obras públicas en los diversos niveles del gobierno y de las empresas públicas italianas.

Cabe preguntarse cómo ocurrió aquello. Los políticos que gobernaron a Italia entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y principios de los años noventa, la llamada Primera República, eran respetados y visionarios. Dichos políticos realizaron la recuperación italiana de la posguerra, el “milagro económico italiano”. Según el Banco Mundial, entre 1960 y 1990 el PIB per cápita italiano aumentó de 804 a 19,983 dólares estadounidenses (24.8 veces) mientras que en Estados Unidos pasó de 2,881 a 23,054 (8 veces).

Durante todos esos años, democristianos, socialistas y comunistas gobernaron a Italia en forma democrática con la dominancia clara de la Democracia Cristiana y el apoyo de la Iglesia católica. El régimen implicaba una cuasicohabitación con reparto de las principales empresas públicas en forma proporcional a los votos obtenidos en las elecciones.

Pero tanto poder, durante tanto tiempo, ejercido en forma poco transparente, sin rendición apropiada de cuentas, los condujo a sobrepasar los límites legales y a prácticas socialmente inaceptables. El descubrimiento comenzó el 17 de febrero de 1992 cuando el juez Antonio Di Pietro arrestó al socialista Mario Chiesa por recibir un soborno de una empresa de limpieza por un contrato para un hogar municipal de ancianos del cual era director. El entonces presidente del partido socialista, Bettino Craxi, acusó inmediatamente a Chiesa de bandido y lo desvinculó del partido. Craxi fue primer ministro entre 1983 y 1987.

En represalia, Chiesa declaró en extenso sobre la corrupción italiana comprometiendo a muchos de sus colegas. Así, políticos, ministros, diputados, senadores, y hombres de negocios implicados terminaron en la cárcel o se suicidaron. Entre los acusados estaba el propio Craxi quien para evitar su encarcelamiento se exilió en Túnez en mayo de 1994 en donde murió en el 2000.

La destrucción de los partidos políticos y el vacío político que produjo permitieron la emergencia de nuevas figuras, particularmente de quienes reclamaban la reducción del Estado por considerarlo caldo apropiado para la corrupción. Así, Silvio Berlusconi con una coalición de derechas triunfó en las elecciones de abril de 1994 y se convirtió en primer ministro, inaugurando la Segunda República. En enero de 1995 una acusación por fraude hizo colapsar su gobierno. Volvió al poder entre junio de 2001 y mayo de 2006. Su tercer periodo se inició en mayo de 2008 y terminó en noviembre de 2011 en medio de denuncias de corrupción.

En agosto de 2013 la Corte Suprema italiana condenó a Berlusconi a cuatro años de prisión por fraude fiscal y en julio de 2015 el Tribunal de Nápoles lo condenó a tres años de prisión por corrupción por sobornar a un senador con tres millones de euros entre 2006 y 2008 para que con su voto produjera la caída del gobierno de entonces.

Lamentablemente, la sustitución de viejos políticos por nuevos, manteniendo la misma estructura política para perennizarse en el poder directa o indirectamente, con falta de transparencia en las decisiones públicas y sin rendición adecuada de cuentas, no conduce necesariamente a una situación superior.

*Profesor, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía.

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