Por: Rodolfo Arango

Tecnocracia y populismo

La opinión pública se ve atrapada por la tenaza de tecnocracia y populismo. La reforma tributaria en lo nacional y la recolección de basuras en lo local son ejemplos de la asfixia a que está sometida en la formación de la voluntad democrática.

Los ciudadanos de a pie observan desconcertados cómo se toman atropelladamente decisiones con extensos efectos para sus vidas. La información imparcial y la discusión sosegada son cada vez más escasas. El desconcierto y la falta de transparencia son funcionales a la elusión de la responsabilidad política por las decisiones adoptadas.

El saber de expertos propio de las tecnocracias se independiza así del control político. La barrera epistémica que separa a expertos y ciudadanos es utilizada por quienes tienen acceso a los primeros, para promover intereses sectoriales o grupales. El reparto de las cargas impositivas no parece depender de razones de justicia social, solidaridad y equidad, sino de imperativos económicos globales derivados de la competencia internacional. No otra explicación tiene el desmonte de un sistema solidario de aportes empresariales por vía del pago de parafiscales para contribuir al mantenimiento del SENA y del ICBF. Bajo el prurito de la formalización y creación de empleo, se echa por la borda una política social exitosa de décadas. Ahora, dependen la formación técnica y tecnológica y la protección a la niñez desamparada de las utilidades, siempre maleables, de las empresas. Santos y Cárdenas serán recordados como los sepultureros del SENA y del ICBF.

El desacople entre representación y responsabilidad políticas crea un terreno fértil para el populismo. La incertidumbre generada por la opacidad con que los expertos adoptan sus decisiones permite la emergencia de líderes dispuestos a exacerbar las emociones y a cosechar el descontento popular. Avanza así el “chavismo criollo”, con su dosis de mesianismo y sentido de la oportunidad. El método es común a Petro y a Uribe: incentivar el resentimiento y la confrontación para alcanzar objetivos políticos de corto y mediano plazos. El nivel de desinformación es elevado. En el manejo de las basuras no es claro dónde termina el interés colectivo y dónde comienza el interés privado. El populismo se alimenta de la desconfianza en el sistema representativo de gobierno. Con su drástica alteración de los ritmos de decisión, reduce la fuerza legitimadora de los procedimientos democráticos y amplía el margen de maniobra de autoridades tradicionales o carismáticas.

La opinión pública podrá liberarse de la tenaza tecnocrático-populista si acierta en comprender el fenómeno de dimensiones mundiales que amenaza la calidad y las posibilidades de la democracia. Recomendable resulta la lectura de Andrea Greppi en La democracia y su contrario (Trotta, 2012). Allí, el teórico ítalo-español aconseja no caer en los brazos de sirena de los mecanismos de participación popular y legitimación directa en el gobierno de materias que exigen un alto conocimiento epistémico. La salida a la crisis de la representación democrática en sociedades de información y alta especialización del trabajo no es menos representación, sino más y mejor representación. Ello se logra si ésta es efectivamente controlada por poderes indirectos que, con fundamento en estudio y conocimiento, pongan límites al poder decisorio, mediante la anticipación de los efectos sociales de sus decisiones. Sólo una opinión pública activa, deliberativa, informada y crítica podrá compensar el déficit democrático abierto por tecnócratas y populistas. Las redes sociales son, por ello, el personaje del año. Su rol activo es esencial para la salud de la democracia.

 

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