Por: Jaime Arocha

Tecnologías para seres humanos

Estos días han sido de reflexiones sobre fórmulas para desarrollar el campo colombiano.

 El revuelo se ha debido al escándalo por lo amañado del acaparamiento de tierras que Riopaila-Castilla logró en el Vichada, cuando quizás haya tenido que resultar de los diálogos de La Habana. Las recetas sobre el porvenir del campesinado tienden al eurocentrismo que pareció tan antipático cuando Uribito lo defendió.

Un editorial igualó el “provecho mayor” que podría dársele a la altillanura con la agroindustria, descalificando opciones campesinas a cuya eficiencia se ha referido la FAO. Y para los economistas que consultó Semana la única tecnología que existe es la de la gran escala, sin importar que ocasione la extinción de abejas. William Ospina ya enumeró los desastres ambientales debidos a la ausencia de los seres que hacen la polinización de las plantas. De ahí la relevancia de otras opciones.

Hace poco más de un año, en la vereda chocoana de Panguí, cerca de Nuquí, Karen Silva Morales se fijó en arrozales sin plagas. En la tesis que le presentó a la Universidad Nacional para obtener su maestría en etnofitopatología sugiere que la diversidad de plantas que los campesinos dejan rodeando las siembras es tan importante como el desyerbar y cosechar a mano, sin insecticidas o fungicidas. Plantea la pregunta referente a si esa variedad de arroz que los afropanguiseños domesticaron y apodan “tumbacasas” tendrá que ver con la inmunidad detectada, por lo cual sugiere estudios que den respuestas distintas a las de la aplicación de más agroquímicos, cuya eficacia decrece para controlar el añublo de la vaina y la quemazón del arroz, dos enfermedades que para ella son responsables de bajos rendimientos en las cosechas agroindustriales.

También he recordado la visita que en noviembre de 1992 hice al arrozal que don Justo Hinestrosa tenía a orillas del río Baudó. Mientras echaba canalete, aquel sabio de la botánica ancestral me recitaba los nombres y usos curativos de los árboles que crecían en las riberas. Desembarcamos en el lodazal que había dejado el aguacero de la anoche anterior, y se echó al hombro una canoíta que antes de zarpar había atravesado en la mitad de la que nos llevaría. Sin resbalarse, comenzó a subir por el monte. Detrás, su esposa, doña Fidelia, y sus dos nietas.

El lote parecía asimétrico y enmontado. Con su machete, don Justo recortaba espigas jechas. Doña Fidelia las recibía y las iba azotando contra los bordes de la canoíta hasta llenarla. De ahí, vaciaban el grano a unos costales que al final de la mañana dejaron a la sombra, protegidos del siguiente chaparrón mediante hojas de iraca. Las idas y venidas revelaban la lógica no sólo de la técnica de navegar en tierra, sino de las bahías con árboles no talados: proteger la siembra. Y las islas de plantas que había en medio de la sementera no eran al azar, sino objeto de atención. Tocaban sus tallos y raíces con el respeto de quien concibe a este planeta como fuente de vida y conocimiento, y no de acumulación capitalista. Quizás cuando los expertos en economía incluyan dentro de sus mapas mentales esas etnotecnologías y maneras de relacionarse con la Tierra, habrá planes de desarrollo con las dimensiones humanas hoy inexistentes.

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