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Aura Lucía Mera 29 Abr 2013 - 10:00 pm

"Temprano levantó la muerte el vuelo"

Aura Lucía Mera

Unos nubarrones grises y negros acorralan la sabana y el agua cae a chorros, con rabia, destructora.

Por: Aura Lucía Mera
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Acabo de leer el libro de Piedad Bonnett, Lo que no tiene nombre, donde nos comparte sin adornos literarios, en una prosa impecable, todo ese dolor del suicidio de su hijo Daniel y sus episodios psicóticos.

Por eso escojo como título de esta columna esa estrofa de Miguel Hernández en su Elegía a Ramón Sijé. Temprano la muerte empujó a volar a Daniel, tal vez en busca de una libertad que no encontraba.

Me lleno de esa niebla espesa y siento los nubarrones negros y esa humedad bogotana dentro de mi cuerpo. Comparto con Piedad esa serie de preguntas que jamás encuentran respuesta. Esos ‘por qué’ que caen al vacío. Recuerdo cuando Domingo Dominguín, mi compañero durante cuatro años llenos de magia, en Guayaquil, un 12 de octubre de 1975 decidió acabar con su vida. Me vienen las imágenes a la cabeza de toda esa tragedia kafkiana, cuando también presentí, a las cinco de la tarde, esa tarde de toros, de ocho toros, cuando nunca llegó. Había prometido llegar. Nos habíamos despedido con un beso y tomé ese taxi, y mire cómo entraba de nuevo al hotel con paso lento, sin imaginarme que esa era la última vez que lo vería con vida.

Esa noche me llevan a una cárcel a interrogarme. Al día siguiente, al soltarme, me entregan una carta escrita de su puño y letra, fechada ese 12 de octubre antes de las cinco de la tarde: “Gracias por los soles y las lluvias compartidas, mi último pensamiento para ti”. Salgo de la celda al atardecer. Su cuerpo ya lo habían llevado a Quito en un avión. Un amigo me acompañó al aeropuerto a tomar ese último vuelo. No fui capaz de abrir el cajón. En ese cuerpo yacente ya no había nada. Su partida fue mi fuerza. Ya sé que nadie se muere, simplemente los dejamos de ver.

Comparto con Piedad esa desolación, al caer en cuenta, ya tarde, que una serie de errores involuntarios se fueron encadenando para que Daniel, en plena juventud, y Domingo, con sus ilusiones rotas, llegaran a esa drástica decisión. Son como pequeñas telas de araña que se van tejiendo alrededor de cada acontecimiento previo, aun de años anteriores, y que sin darnos cuenta estrangulan, aprisionándonos en una red casi invisible.

La crudeza de Piedad Bonnett en su homenaje a Daniel, la sencillez con que nos desnuda su alma me muestra que todavía existen seres humanos de una integridad a toda prueba y que a través de las palabras sí podemos aliviar un poco la carga emocional.

Me pregunto por qué Piedad no da los nombres de esos profesionales que minimizaron los riesgos de esa enfermedad.

Recuerdo la tristeza cuando Álvaro Villar Gaviria, decano de la psiquiatría en Colombia, me compartía con tristeza la cantidad de arbitrariedades y monstruosidades que cometen muchos profesionales de la salud mental, sin que exista una regulación ni un seguimiento a sus decisiones. Me lo pregunto porque conozco varios casos de personas cercanas que murieron por “errores” de algunos profesionales de esa rama de la salud. Gracias, Piedad, por ese compartir.

  • Aura Lucía Mera | Elespectador.com

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