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Oscar Guardiola-Rivera 11 Jun 2013 - 11:00 pm

Opinión

Teoría de la conspiración

Oscar Guardiola-Rivera

El periodista Carl Bernstein dijo hace poco que aunque no creía en conspiraciones, había encontrado una en la Casa Blanca.

Por: Oscar Guardiola-Rivera
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Se refería al escándalo de Watergate, que él y Bob Woodward revelaron, provocando la renuncia del presidente Richard Nixon.

Como Bernstein, no creo en conspiraciones. Llevo, sin embargo, más de dos años investigando el golpe militar del 11 de septiembre en Chile, ocurrido hace cuarenta años, cuya culminación fue el derrocamiento y la muerte del presidente socialista Salvador Allende.

Un artículo de prensa la semana anterior, en el cual se advierte sobre la posibilidad de una dictadura en Venezuela, da qué pensar. Las similitudes entre lo que sucede hoy allí y lo que sucedió en 1973 son cada vez mayores.

Como en el caso de Chile, el actual gobierno constitucional venezolano fue elegido por una diferencia exigua. Y como sucedió allí, la oposición supone que ellos, no los socialistas, deben gobernar.

Lo que pasó en Chile después es historia conocida: polarización política, crisis económica, escasez de productos básicos, decisiones económicas erradas, violaciones de la libertad de prensa y una enconada crítica por parte de los medios en contra del gobierno socialista, por supuestos excesos de violencia e irrespeto a la propiedad privada.

Luego la oposición declaró haber agotado los medios legales, justificando así la intervención militar.

Se ha olvidado que cada uno de estos pasos eran actos en un drama cuyo guión había sido escrito en otra parte. Desde la orden de la Casa Blanca, dictada por el propio Nixon antes de la posesión de Allende, de “estrangular la economía” chilena, pasando por la campaña mediática y la movilización de sectores de la clase media a golpe de ollas, escasez, y dictadura.

Lo que no se sabía es que a cada paso de esta conspiración —los archivos muestran que lo era—, la población que puso a Allende en el poder respondía con creatividad y asumía cada vez más poder.

Sólo el ejercicio más brutal de la fuerza podía detenerlos.

Allende cayó no por sus errores políticos o económicos. Traicionó a su clase al permitir que un pueblo pensante decidiera por sí mismo tras restar de las manos de los poderosos de siempre el control sobre la fuerza y la ley. Por eso el golpe chileno comenzó con una purga dentro de las fuerzas armadas.

Hay quienes desearían que lo mismo tuviese lugar en Venezuela.

En Colombia, hay quienes lo desean, no porque les interese el destino de la mayoría de venezolanos. Más bien porque saben que un golpe y una dictadura de derechas en Venezuela darían al traste con el proceso de paz en Colombia. De paso, se podría revertir el avance de las izquierdas latinoamericanas.

Insisto: como Bernstein, no creo en conspiraciones. Pero él encontró una.

  • Oscar Guardiola Rivera | Elespectador.com

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