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William Ospina 27 Oct 2012 - 11:00 pm

"La tercera piedra después del sol"

William Ospina

Dicen en oriente que la ilusión de ser algo aislado e independiente es la más nociva de las ilusiones del hombre.

Por: William Ospina
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¿Cómo podría ser algo aislado el que necesitó de la conjunción de dos seres para existir, de un vientre humano para gestarse, de un pecho materno para aprender el don de los alimentos terrestres? ¿Cómo podría ser algo independiente el que no puede dejar un minuto de respirar el aire del mundo?

¿Qué es el aire? decimos, creyendo preguntar por algo ajeno. Y Novalis contesta: “el aire es nuestro sistema circulatorio exterior”. Pero también el agua forma parte de nuestro sistema circulatorio exterior; y las verduras, los frutos, los cereales se convierten en nosotros en vida, en deseos y pensamientos.

¿Qué escuela sabe enseñarnos esa intimidad con el mundo? ¿Ese saber minucioso de objetos, bienes, texturas, sabores, aromas, goces, alimentos, bálsamos y remedios? Mucho antes de la escuela ya hemos comenzado o perdido los más hondos aprendizajes.

¿Quién sabe enseñarnos qué parte de nuestra esencia humana son los ríos y el musgo, la lluvia y el verano? ¿Quién nos enseñará la prudencia, la paciencia, la lentitud, el arte de volver a empezar? ¿Quién nos hará saber que en nuestras respuestas instintivas tal vez estén convulsiones y miedos que no son estrictamente humanos: el giro del pez en el fondo del mar, la reacción del reptil ante lo que avanza, el temor y la tentación del pichón en la punta de la rama?

Hölderlin sintió que nada es tan profundo como celebrar y agradecer. El que aprende a celebrar las cosas del mundo y a agradecerlas está en camino de ser humano y de ser ciudadano. Y esto es importante porque desde hace algún tiempo, como parte de este mero carnaval del crecimiento y la productividad que se ha apoderado del mundo, cada vez quieren más que seamos operarios y administradores, contadores y funcionarios, pero no parece haber suficientes instituciones interesadas en que seamos responsables ciudadanos y verdaderos seres humanos.

Ya no pensamos sólo en los derechos del hombre: somos capaces de sentir amor y compasión por los animales, cordialidad por el mundo natural, respeto por el equilibrio planetario. Pero cuanto más avance esa globalización que a veces parece sólo una estrategia de mercado, más importante será la necesidad de que cada persona tenga una conciencia planetaria, sienta deberes y responsabilidad con el globo.

Nuestros cuerpos están diseñados por este planeta: nuestro peso, nuestro sistema alimenticio y respiratorio, nuestra locomoción, nuestra vista, nuestros músculos, todo corresponde al mundo en que hemos nacido, y somos no sólo huéspedes del mundo sino una síntesis de lo que hay en él: sus aires nos dan vida, la distancia del sol es la adecuada para nuestra existencia, el rumor de su lluvia nos arrulla y, en suma, como decía Wordsworth, “hay bendiciones en esta suave brisa”. Hijos de “la tercera piedra después del sol”, (la expresión es de Stephen Hawking), sólo en ella tendremos siempre nuestra morada.

Pero vivimos como si no lo supiéramos. Degradamos la atmósfera, arrasamos las selvas, envilecemos el océano, permitimos que nuestras industrias alteren el clima. Hace 70 años creíamos que los recursos eran inagotables, que la acción del diminuto ser humano no podía alterar el equilibrio del mundo. Gradualmente hemos sido testigos del despertar de fuerzas huracanadas. En cierto modo somos como dioses, con nuestro saber científico y nuestro poderío técnico, pero cuán primitivos en la capacidad de moderar nuestros apetitos y de respetar los fundamentos del mundo.

Se diría que la ciencia y la técnica andan a saltos de liebre, pero nuestras filosofías y nuestra moral, que deberían marcar la pauta de la historia, van a paso de tortuga, o tal vez retroceden. Los modelos de educación parecen haber renunciado a grandes sabidurías de la tradición, sólo atienden las urgencias del rendimiento pero no saben responder a los desafíos que el presente formula.

No podemos resignarnos a tener millones y millones de operarios ignorantes, unos cuantos cerebros electrónicos y unos cuantos gerentes gobernando el ritmo de la especie. La democracia es nuestro deber, pero no una democracia de publicistas y manipuladores; no una democracia de políticos ambiciosos y muchedumbres seducidas; no la democracia del doctor Frankenstein y del Hombre Invisible.

Nunca necesitó tanto la humanidad parecerse al hombre del Renacimiento que ejemplificaron Leonardo da Vinci y León Battista Alberti; meditado por Montaigne y descrito por Hamlet. Pero por el poder del lucro que arrastra la economía, la ambición que gobierna la política, la fascinación del espectáculo, la moda y la novedad que rigen a los medios, quieren que seamos sólo pasivos operarios, pasmados espectadores, incansables consumidores de mercancías e información.

Tardamos en aprender a ser parte responsable y agradecida del mundo, y nadie sabe qué es lo que hay que trasmitir a las siguientes generaciones. Porque nuestros empresarios sólo creen en el presente, nuestros políticos sólo creen en la siguiente elección, nuestros científicos sólo creen en su particular disciplina, y nadie parece creer de verdad en las generaciones que vienen y en el mundo que vamos a dejarles. Como dicen los versos de un poeta caribeño: “Cae la noche sin que nos hayamos acostumbrado a estas regiones”.

  • William Ospina | Elespectador.com

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