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Juan Gabriel Vásquez 6 Dic 2012 - 8:56 pm

Tiempo de silencio

Juan Gabriel Vásquez

Comencé a escribir en este periódico en mayo de 2007, y en estos cinco años y siete meses he comprobado dos cosas: primero, que el ejercicio de la opinión es adictivo; segundo, que es condenadamente difícil.

Por: Juan Gabriel Vásquez
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Un gran poeta me dijo una vez que la tragedia de la poesía era lo fácil que resultaba fingirla: poner sobre una página líneas que parecen versos, agruparlas de manera que parezcan poemas, tomar frente a ellas una actitud parecida a la del poeta. Con las columnas, he llegado a creer, pasa un poco lo mismo: es fácil tomar un folio y medio cada semana y llenarlo con opiniones; lo difícil es hacerlo sin desperdiciar, menospreciar ni irrespetar el espacio, y, sobre todo, sin tomar el camino de la menor resistencia: escribiendo cosas que no molestan a nadie pero que a nadie importan. Acerca del oficio de novelista, García Márquez dijo: “Escribo para que mis amigos me quieran más”. Los columnistas que leo y admiro parecen empeñados justamente en lo contrario: en escribir para molestar, para incomodar: para que sus enemigos los odien más. O para granjearse nuevos enemigos, lo cual es singularmente fácil en este país de fanáticos y supersticiosos que detestan la diversidad y asesinan el disenso.

Lo que hacen los columnistas que leo y admiro responde a la exigencia que Vargas Llosa les hacía a los novelistas: aguar la fiesta. ¿Y qué hace el novelista? Puedo decir que llevo 15 años tratando de averiguarlo, y todavía no he llegado a ninguna conclusión clara. Aunque tal vez sea mejor así: eso de no llegar a conclusión ninguna sobre nada parece ser intrínseco al oficio de novelista. La vida de un novelista que opina en la prensa es, en ese sentido, una suerte de privilegiada esquizofrenia, pues no hay dos oficios más disímiles. Así es: el columnista vive para convencer, porque tiene certezas (o al menos una certeza pasajera), y la columna es, para él, una manera de dar respuestas a las preguntas más o menos importantes que en todo momento flotan en el aire de toda sociedad. El novelista, en cambio, no tiene certezas (le ha sido vedado ese lujo), y más bien se alimenta de la duda y de la incertidumbre: en vez de dar respuestas, las novelas se contentan con hacer las preguntas más interesantes que puedan. El columnista escribe porque sabe y quiere que otros sepan; el novelista, porque no entiende o porque ignora.

Todo esto es una manera de decir que existe un desencuentro profundo entre el oficio del novelista y el de quien opina en la prensa. Muchos han logrado resolverlo, pero siempre a costa de no poco desgaste. El ejercicio de la opinión nos erosiona de maneras imperceptibles pero intensas; por otra parte, la escritura de novelas —sobre todo en ciertos momentos de ciertas novelas— puede ser una de las actividades más implacables, tanto psíquica como físicamente, a que puede dedicarse una persona. Es lo que me sucede a mí ahora mismo, mientras trato de avanzar en la novela más corta y a la vez más ardua que se me ha cruzado en el camino. Y por eso, por las exigencias imprevisibles que este monstruo me está haciendo, voy a suspender el vicio de la opinión a partir de hoy y durante unos cuantos meses. Volveré a caer en él, por supuesto, pero eso será cuando el monstruo esté bien formado, listo para salir al mundo y defenderse por su cuenta.

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