Por: Daniel Emilio Rojas Castro

Tiempo global

La experiencia de un tiempo compartido a escala global no tuvo que esperar ni el fin de la Guerra fría ni el soporte de las nuevas tecnologías.

Los grandes descubrimientos de los siglos XV y XVI y la circunnavegación de la tierra ya habían creado una situación enteramente novedosa. Tan pronto como portugueses, españoles e italianos constataron que la tierra era un verdadero ‘globo’, surgió un nuevo tipo de pensamiento que separó y organizó la esfera terrestre en grandes áreas separadas por líneas imaginarias e incubó una conciencia planetaria del tiempo.

El tiempo global, es decir, la idea según la cual la transformación y la permanencia sociales tenían una dimensión que se extendía al resto del mundo, no surgió con la caída del muro de Berlín.

Que las sociedades conectadas por la expansión ibérica a lo largo y ancho del planeta ya compartían un presente semejante quedó plasmado en muchos documentos. Piénsese, sólo para citar algunos ejemplos, en la obra de Antonio Pigafetta, que acompañó la exploración de Magallanes para darle la vuelta al mundo en 1519, o en los escritos de Chimalpain y de Garcilazo de la Vega, cuyos alcance y proyección no se limitaron sólo a México, Perú o al Imperio español del siglo XVII, sino que cultivaron una mirada amplísima, en la que a pesar de encontrarse en puntos geográficos lejanos Macao, las Filipinas, el Japón del shogunato Tokugawa y la expansión del Imperio Turco tenían un significado en un devenir histórico compartido. Aunque pueda parecerlo, la experiencia del tiempo global no es una innovación de nuestros días.

Sus orígenes no se midieron en bytes sino en leguas marítimas. El agua tuvo un protagonismo central en la emergencia del tiempo global, tanto como el aire lo tiene hoy en el mantenimiento de la seguridad y de las jerarquías internacionales. La fusión del espacio terrestre y marítimo fue la primera condición para construir una órbita mundial de circulación de hombres, manuscritos y mercancías. El desarrollo de la navegación astronómica, el descubrimiento de América, la elaboración del primer globo terráqueo, (el ‘Erdapfel’, también en 1492) y la proyección de Mercator (1569) fueron resultados técnicos novedosos de aquella fusión progresiva…

Técnica e innovación científica, sin embargo, no bastan para explicar uno de los rasgos dominantes de lo que llamo tiempo global: la necesidad de situar a las sociedades de la tierra en un horizonte cronológico, de crear una matriz temporal capaz de hacer coexistir en un mismo plano una diversidad de pasados, presentes y futuros conectados pero no dependientes. Don Guamán Poma de Ayala, el celebre cronista de Huamanga, redactó en 1615 un extenso documento en el que homologó las cronologías de la monarquía católica española y del Imperio inca. Jesucristo nació en Belén, dice Don Guamán Poma, cuando en el Cuzco gobernaba el Inca Sinchi Roca.

Nada más erróneo, pues, que atribuirse una conciencia global por el simple hecho de vivir en el siglo XXI.

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