Por: Hugo Sabogal

Tiempos pasados

Qué bien: la fiesta de los libros vuelve a revitalizarnos esta semana con el inicio de la Filbo 2017, en Corferias, un escenario más que propicio para revivir pensamientos y reflexiones que millares de hombres y mujeres en el mundo han dejado plasmados en la temida hoja en blanco.

Justamente, al revisar el trabajo de la bodega chilena Emiliana, que ha retomado en las últimas dos décadas la bandera de la agricultura natural, no puede uno más que evocar la célebre frase del autor español Jorge Manrique (1440-1479), quien certeramente dijo en sus coplas por la muerte de su padre, que, visto en retrospectiva, “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Por agricultura natural (hoy llamada orgánica) debe entenderse aquella actividad guiada por métodos ancestrales para obtener, principalmente, alimentos sanos y naturales, sin químicos.

Desechada tras la revolución industrial, la agricultura sustentable sucumbió ante el uso indiscriminado de productos químicos de síntesis, que eliminan malezas y plagas y fertilizan el suelo de manera artificial.

Las primeras alertas de que algo andaba mal fueron puestas en evidencia en el siglo XIX por el botánico británico sir Albert Howard, quien en su libro Un testimonio agrícola dejó una increíble reseña sobre las faenas agrícolas de los campesinos de Pusa, en Bengala, India. Howard las calificó de “superiores” frente a la ciencia agrícola convencional de la época. Gracias a Howard se comenzaron a valorar nuevamente los métodos ancestrales para trabajar la tierra, practicados por el hombre durante miles de años.

Podría decirse que Howard fue el padre de la moderna agricultura orgánica, corriente complementada, a su vez –a partir de los años 20–, por las reflexiones y enseñanzas del austriaco Rudolf Steiner, impulsor de la agricultura biodinámica y del movimiento de la antroposofía, o sea, el que pondera la sabiduría del hombre.

En ambos casos se nos alertó sobre los efectos de la agricultura intervenida, responsable de la degradación de los suelos, la desertificación y contaminación ambiental, la pérdida de la diversidad genética y la presencia de residuos tóxicos en nuestros alimentos.

Hoy, la agricultura orgánica y biodinámica es el pan de cada día de pequeños y medianos grupos de agricultores en todo el mundo, quienes han logrado blindar sus parcelas contra los efectos de los químicos usados por sus vecinos.

El caso más sorprendente en el mundo es el de Emiliana, que ya ha completado 800 hectáreas en varias zonas de Chile, libres de pesticidas, herbicidas y fertilizantes, todos los cuales han sido reemplazados por productos naturales y de origen biológico.

Las vides de Emiliana no suelen seguir el modelo de perfectas, estéticas y limpias hileras de plantas, sino que compiten con pastos, leguminosas y especies florales, responsables de aportar nutrientes y nitrógeno al suelo. En dicho entorno viven insectos, abejas, pájaros y otros organismos, que, a su vez, controlan a insectos y malezas perjudiciales para las parras. Las uvas prosperan, de esta manera, en un sistema equilibrado y limpio.

La española Noelia Orts, enóloga de Emiliana, reconoce que su trabajo es, simplemente, una vuelta al pasado. Lo más notable de sus vinos es la descarga de sensaciones frutales, naturales y minerales, producto de la acción del sano entorno y de los microorganismos que en el subsuelo facilitan la acción de las raíces para llevar a tallos, hojas y frutos un concierto de pureza. Y pensar que, hoy, esto nos sorprende.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Hugo Sabogal