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Mauricio Rubio 12 Dic 2012 - 11:00 pm

Tirar con desconocidos

Mauricio Rubio

Hacer el amor con una persona extraña es una conducta que en cualquier lugar o época muestra un terco patrón: ellos lo hacen más que ellas.

Por: Mauricio Rubio
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La preponderancia masculina es tal que el sexo anónimo o cottaging inglés —en alusión a los baños públicos donde ocurre— es jerga gay.

Según la encuesta de sexualidad de El Espectador, sólo una de cada diez colombianas ha tenido relaciones sexuales con alguien que no conocía. Para los hombres, la cifra es uno de cada tres. En la Encuesta de Demografía y Salud (ENDS) de 2010 la pregunta sobre sexo sin ataduras se refiere a compañeros casuales entre los últimos tres parejos sexuales. El reporte es bajísimo: menos del 1% de las mujeres los han tenido.

De acuerdo con la misma fuente, en el país el sexo casual femenino no depende de la edad, educación o estrato, pero sí de la vinculación laboral y de no vivir en Bogotá. Las mujeres que lo han hecho perdieron antes la virginidad, desean menos hijos, han tenido muchas más parejas sexuales pero menos relaciones formales y presentan un chance de ser lesbianas cinco veces superior. Sobre tales características de la sexualidad coinciden varios testimonios. George Sand, promiscua desde joven, escogía caprichosamente y en cualquier lugar a sus amantes, que nunca lograron exclusividad. Alfred de Musset, mujeriego empedernido, malcriado pero obsesionado y manipulado por ella, fue una vez a visitarla. La encontró echada entre cojines con un negligé turco, rodeada de hombres y fumando pipa. Como si la escenografía no bastara, acariciando sus babouches le advirtió: “hoy no me hables de amor”. Cuando se aburrió de él, Musset quedó tan aporreado que le mandó decir que la amaba con todo su corazón, que era la mujer más mujer que había conocido. Para la Sand, el amor intenso y desesperado no fue con el poeta, ni con Chopin, sino con Marie Dorval, una actriz parisina.

En una época de contracepción generalizada, con tecnología casera para interrumpir embarazos, bombardeo permanente de erotismo en los medios y desprestigio del discurso religioso, la pregunta del millón es simple: ¿por qué son tan escasas las mujeres que salen a buscar sexo por ahí, cuando es tan fácil y gratificante tenerlo? “Si a las mujeres nos diera la gana y se nos quitara la pena, no sufriríamos de abstinencia”, anota una bloguera preocupada por el asunto. Los testimonios de devoradoras de hombres como George Sand, Edith Piaf o Mae West corroboran esa anotación.

El cuento de que la educación represiva es lo que determina que a ellos les atrae lo desconocido y a ellas muy poco, está mandado a recoger. No es cierto que a los hombres nos enseñaron a tirar con cualquiera. Lo que muchos sufrimos fue también la versión de “aplazar el gustico”. Como anotan los biólogos y nos recuerda el debate sobre el aborto, los costos del sexo recaen sobre todo en la mujer. Debe ser por eso que las entrañas femeninas siguen exigiendo el requisito mínimo de saber a quien se lo dan.

 

*Mauricio Rubio

 

  • Mauricio Rubio | Elespectador.com

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