Por: Mauricio Botero Caicedo

Todas… absolutamente todas…

El director del Banco de la República José Antonio Ocampo (que, debo confesar, no es santo de mi devoción), en reciente entrevista en la revista Semana (agosto 27/17) hizo un comentario pertinente: “quien pida bajar impuestos diga cómo reemplazarlos o qué exenciones eliminar… Desafortunadamente la situación fiscal es muy delicada… No tengo ninguna objeción a que se plantee reducir algunos impuestos, pero pienso que quien lo proponga debe también decir cuáles aumentamos. El presidente de Fenalco o cualquiera otro que pida esto que nos diga cómo compensamos. Esa debería ser una regla de oro. A mí como consumidor me encantaría que bajara el IVA, pero el problema es que la situación fiscal no da más”.

Como dicen mis coterráneos, a papaya servida, papaya comida. En lo que a exenciones a eliminar se refiere, la respuesta, doctor Ocampo, es sencilla: elimine todas… absolutamente todas las exenciones, siempre y cuando reduzca los impuestos en la misma proporción. El sistema tributario colombiano, inequitativo e ineficiente, es un verdadero desastre y es responsable en gran parte de la escandalosa informalidad que caracteriza nuestra economía. Durante el 2016, las exenciones sumaron la astronómica cifra de $72,3 billones, un incremento del 8,1 % respecto al año anterior. La cifra es equivalente al 9 % del Producto Interno Bruto (PIB) del año pasado, por lo que es más de cuatro veces los dos puntos del PIB que el país intenta subir el recaudo tributario con la pasada reforma. Según informes de prensa, “el 47,9 % les fueron otorgadas a las personas jurídicas (empresas), mientras que el restante 51,1 % las solicitaron las personas naturales, en donde entran tanto los asalariados como los dueños de empresas”. De acuerdo con el Marco Fiscal de Mediano Plazo (MFMP), “del total de beneficios tributarios, 86 % correspondió a las rentas exentas; 7,1 %, a descuentos tributarios y 6,9 %, a la deducción por inversión en activos fijos, que aplica para los que compran equipos y aparatos de producción”.

El problema tributario de fondo es que en Colombia, teniendo una de las mayores tasas de impuestos del continente, el recaudo como porcentaje del PIB no llega al 17 %, y la gran pregunta es cómo reconciliar una alta tributación efectiva con una baja relación entre la tributación y el PIB. La respuesta es que unas muy pocas empresas pagan una tasa exorbitante de tributación, en tanto que una gran cantidad de actividades no pagan impuestos, y la evasión, según la DIAN, en renta es del 25 % y en IVA del 20,9 %.

Si nos guiamos por las cifras oficiales, que indican que el recaudo en impuestos en el 2016 fue de $123,7 billones, las exenciones de $72,3 billones fueron el 58,5 % del recaudo total. En plata blanca, el eliminar la totalidad de las exenciones permite bajar perfectamente los tributos en cerca del 60 %, sin que se disminuyan los recaudos. Al reducirse la informalidad, y al aumentar los tributos de parte de aquellos que los evadían, paulatinamente va a permitir reducir la tasa promedio a cifras cercanas al 10-15 %. En un país donde la tasa de informalidad es del 60 %, y que tiene tasas efectivas de impuestos para empresas entre el 43 y el 46 %, unas tasas bastante más aterrizadas, acompañadas de la eliminación de todas las exenciones, pueden acabar con cuatro pájaros con la misma piedra: mayor recaudo, menor evasión, más transparencia y bastante menos informalidad.

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