Por: Ignacio Zuleta

Todo valle se volverá una montaña… de basura

Mientras la lancha que venía desde Buenaventura esquivaba un archipiélago de plásticos para que en sus hélices no se engarzara una chancleta, los viajeros creímos que al llegar a la Playa Paraíso en la costa Pacífica quedarían atrás tantos desechos. Pero no fue así. Los administradores de los bohíos de ensueño nos recibieron con las bolsas abiertas que algunos voluntarios llenaban con los detritos que regurgita el mar, todos los días. La cifra de residuos, para estar en medio de la aparente nada con aire de refugio inexpugnable, es aterradora. En esas cuatro cuadras del litoral enmarcado por la selva, hay montañas de basura sempiterna a pesar de los esfuerzos de los pocos habitantes y visitantes de esta reserva que podría ser la más bella de la tierra. La mitad de estos cadáveres de cosas no sirven para nada. No pueden reciclarse, no los reciben en el ya colapsado basurero de Buenaventura. La otra mitad son plásticos que los productores del nefasto material proclaman “reciclables”, pero no hay una sola planta recicladora a millas de distancia. El transporte es carísimo y no deben quemarse. Lo más que se puede hacer es esconderlo, aunque para que aprendiéramos, sería mejor que los visitantes entraran caminando entre las barbies rotas, las botellas y las bolsas de plástico cubriéndoles las corvas. Y no falta mucho para que esta escena se vuelva realidad.

Cuando se mira la cadena de producción y mercadeo de estos bienes de consumo, no se sabe quién es más responsable: ¿los productores de plástico derivados del petróleo? ¿Los dueños extranjeros de los almacenes de grandes superficies empeñados en embalar lo ya embalado? ¿El consumidor que: o no tiene más remedio que comprar lo que le venden, y como se lo vendan, o no tiene conciencia? ¿El Estado que ha debido hace años dirigir la industria hacia los desechos degradables? Cada eslabón debería responder por igual ante el desastre. Es algo que no puede comprenderse: sabemos que nos estamos ahogando en los residuos, y preferimos sin embargo no ver la magnitud de esta vergüenza. El consumidor debería poderle devolver el embalaje a quien le vende los productos, y que los almacenes se las arreglen con los productores, y paguen entre ellos los costos que paga hoy Juan Pueblo en la cuenta de recolección de las basuras.

Quisiera poder redondear la reflexión con algo positivo. Me excuso por el tono fatalista, pues por más que escudriño, no veo en el momento muchas salidas a esta contradicción inherente a un sistema fracasado a priori. La tecnología nos permitiría producir empaques amigables e incluso comestibles, pero la codicia descarada y cínica, la negligencia institucional y la ignorancia amaestrada del consumidor final de estos productos no dejan más que soluciones parciales o iniciativas heroicas locales que se estrellan con una realidad sólida y densa. Me niego a creer que tendremos que adaptarnos, como en la triste historia del cangrejo ermitaño que estoy viendo, que en lugar de guarecerse en una caracola se protege en una tapa de desodorante. Si hubiera tenido cómo tomar una fotografía de la escena, la elocuencia de la imagen me habría ahorrado este lamento.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Ignacio Zuleta