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Juan David Ochoa 12 Abr 2013 - 11:00 pm

Todos los muertos

Juan David Ochoa

En un reciente cruce por la calle 26, me detuve en frente del portón del cementerio central.

Por: Juan David Ochoa
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Me fue imposible eludir la atracción por ese espacio sin tiempo en el que existen apagados los mismos que una vez, en el fervor del pulso, décadas o siglos atrás en la gravitación y el testimonio de esta misma ciudad de orgullos y hecatombes, se electrizaron en frente de la muerte y no pudieron eludir el frio del asombro.

Entré a la división de los pasillos. El silencio tétrico de una memoria externa estaba conjugado en el bullicio gutural de las palomas que ascendían a las superficies de las tumbas y a las ramas de los arboles antiguos. El pasillo principal era la franja exclusiva de la presidencia y de los candidatos silenciados, y quien estaba a la cabeza de los muertos, bajo una estatua oscura e imponente que inspiraba en una misma sensación nostalgia y terror, era el polvo centenario de Francisco de Paula Santander, el anfitrión de esta historia de abyección y morbo.

Atrás, la hilera de los fulminados narraba la síntesis de la violencia; Luis Carlos Galán, Rafael Uribe Uribe, acribillados los dos por las armas sin rostro del desprecio. Enfrente, en una posición irónica, risible y perversa, estaba la tumba gris y opaca de Laureano Gómez, lánguida como la gris y opaca década del odio y de la represión donde empezó esta legendaria catarata de sangre. En esa piedra de las fechas inmutables estaba vibrando la abstracción de la desgracia. Allí iniciaba la persecución al pensamiento liberal hasta obligarlo a responder con fuego, desde la sombra de la selva, esa trinchera de la oscuridad que empezaba a resguardar los síntomas brutales de un país enfermo. Y alrededor, dispersos en todos los pasillos, estaban las víctimas de este zumbido de balas que hasta ahora aturde: Carlos Pizarro, Álvaro Gómez Hurtado, Jaime Pardo Leal, Manuel Cepeda Vargas, muertos del M19 y de partidos centrales y del nuevo movimiento que empezaba a fundar la discusión real sobre el problema real de la miseria ( Unión Patriótica), partido que en las fuerzas renovadas de la represión, lo desangraron. 26.000 cadáveres rodaron otra vez por la iracundia del desquiciamiento, por la perfidia de las manos negras y el fragor del arribismo.

Ese lugar era el espacio atemporal donde no para de gemir la historia con sus huesos, era una zona insultante y burlesca marcada con las fechas del crimen, con esos símbolos que enumeraban los días del resentimiento mortal y el estropicio de todas las venganzas en el circulo viciado de la humillación. Caminé de nuevo hacia el portón donde de nuevo ardía la existencia con sus traumas intactos, con su historia aprisionada en un dolor que alcanza las edades del siglo.
Suficiente ha sido el olor de tanta podredumbre. Los sadismos rompieron los bordes de la pestilencia. Aunque el delirio siga vivo entre otros nombres, y la perversión tan natural y humana siga ardiendo en otros tiroteos y otras causas, este conflicto paquidérmico, exhausto y nauseabundo también debe morir.

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