Por: Carlos Granés

La Torre David y el exotismo tercermundista

Hay muchas cosas que sorprenden a quien visita Caracas hoy en día, como la inseguridad y la pertinaz paranoia de los caraqueños, la escasez de productos básicos, la omnipresencia de la propaganda ideológica o el empobrecimiento de la población, que vive una mentira económica con un dólar oficial a 6,3 bolívares, cuando en realidad su precio supera los 50 en el mercado negro.

Todo eso sorprende e impresiona, decía, pero nada se compara con el impacto visual y emocional que produce esa inmensa torre de 45 pisos, ubicada en el corazón de Caracas, que se quedó a medio construir en 1994 y que luego, en 2007, fue invadida por un grupo de exconvictos. Ha sido bautizada como la Torre David y en ella viven más de tres mil personas. Es la barriada vertical más grande del mundo, símbolo flagrante del deterioro de una ciudad que en sus años de gloria comisionaba a los mejores artistas cinéticos para que decoraran sus espacios públicos.

La vista que ofrece ese elefante blanco de cristal y concreto, cuyo esqueleto de hormigón se ve desde la avenida Andrés Bello, es tan insólita que recientemente ha sido el escenario de uno de los capítulos de la serie Homeland. Jon Lee Anderson, en un reportaje para el New Yorker, contaba cómo la torre se había convertido en el feudo de Alexander El Niño Daza. Este exconvicto se había encargado de imponer su ley y de cobrar a la gente por un espacio donde vivir. Su gueto vertical es el legado palmario del irresponsable populismo chavista. La Torre David no es una solución a la falta de vivienda, sino un problema más, otro foco de marginación donde se reproducen el subdesarrollo, la delincuencia y la pobreza. Tampoco es un ejemplo de socialismo. Allí opera el más crudo capitalismo informal, aquel que no atiende a contratos y leyes sino a la fuerza bruta.

Desde luego, no todos ven en la Torre David la distopía que yo vi en mi visita a Caracas. Para los europeos y norteamericanos que encuentran en América Latina una fuente de experiencias fuertes, autenticidades excéntricas o revoluciones milenaristas, la Torre David no es un fiasco arquitectónico, sino todo lo contrario, un ejemplo de vitalidad y adaptación ante el fracaso del neoliberalismo, merecedora del León de Oro de la Bienal de Arquitectura de Venecia.

En 2012, un estudio de arquitectos les dio a los venecianos una pequeña dosis cool de la revolución chavista. En un pabellón de la Bienal hicieron una réplica de un restaurante que funciona en el interior de la torre. Sirvieron arepas y demás platos venezolanos y completaron el proyecto con una serie fotográfica. En un entorno seguro, sin la pobreza, la violencia o el autoritarismo que rodean a la Torre David real, los venecianos debieron pasarla en grande. Aunque si realmente les entusiasmaran tanto estos exotismos tercermundistas, bien podrían permitir a los miles de libios, sirios y subsaharianos que llegan en pateras a las costas italianas invadir su descuidado patrimonio. Desde Latinoamérica aplaudiríamos aquel gesto con el mismo desenfado de quien goza de las ocurrencias demagógicas, sin padecer sus consecuencias.

 

*Carlos Granés

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