Por: Julio Carrizosa Umaña

Trabajar para restaurar los ecosistemas

Según estudios recientes, más del 40 % de nuestros ecosistemas están deteriorados por procesos de erosión, deforestación, contaminación y disminución de la fauna silvestre. Los procesos de cambio climático es posible que debido a inundaciones y sequías disminuyan aún más la productividad y los servicios ecosistémicos. Esa situación lamentable debería verse también como una oportunidad, la de disminuir el desempleo e incrementar el ingreso de los jóvenes organizando microempresas especializadas en la restauración de los ecosistemas.

El Ministerio del Ambiente y varias universidades han avanzado en la definición de las tecnologías adecuadas para restaurar el territorio, pero no han logrado obtener los recursos necesarios para emprender esa tarea gigantesca. Conseguirlos podría ser el Programa Ganador del próximo gobierno, pero sería necesario, como ya lo han sugerido varios economistas, reconsiderar las políticas monetarias y fiscales.

Esa reconsideración necesaria deberá ser el tema más urgente de los candidatos a la Presidencia de la República y de sus asesores. Modificar esas normas es también un tema internacional que cobra cada día más importancia, pero no estamos seguros de que ese tema sea hoy importante para el Banco de la República y su junta directiva.

El padre Francisco de Roux, fundador de Paz Querida, ha planteado como un primer paso en la restauración ecosistémica generar 400.000 empleos para reforestar la región andina. En 10 años esos 400.000 trabajadores podrían plantar y mantener aproximadamente 4 millones de hectáreas de bosques. Eso podría costar anualmente, en sólo salarios mínimos, alrededor de US$300 millones.

No es difícil calcular cuán grande sería el bienestar social que podrían generar esos cientos de miles de nuevos empleos en el campo; bastaría sumar a los ingresos reales individuales el aumento en el patrimonio ecológico de la región más densamente poblada y con mayores problemas ambientales y restar la disminución en la producción de coca.

Tal vez si se hiciera ese cálculo nuestros economistas podrían lograr convencer al nuevo gobierno, al Banco de la República y a nuestros países amigos que ese gasto o esa inversión, como quieran llamarla, podría ser la carta que aseguraría que realmente podríamos construir la paz. Bastaría una inversión menor a las que se han malgastado en los últimos años y un gasto que podría tener beneficios inmediatos para los pobres del campo, tal como nos hemos comprometido en el acuerdo del Colón.

Miembro de Paz Querida

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