Por: Pascual Gaviria

Traición y verdad

A comienzos de este año, unos meses después de las matanzas en la escuela de Newtown y en un teatro de Colorado, Estados Unidos volvió a discutir sobre el peligro que pueden significar las películas violentas.

 Es más fácil ponerse de acuerdo sobre el uso de las armas de utilería que sobre el plomo duro y cierto. El vicepresidente Joe Biden habló con representantes de las industrias del cine, la televisión y los videojuegos, y anunció estudios para identificar una posible relación entre los disparos en las pantallas y la violencia real. El terreno estaba bien abonado para recibir al genio de los chorros de sangre como un efecto cómico. Se abrió el telón rojo de la nueva película de Tarantino y vino una pequeña y vieja polémica.

Pronto, en manos de los críticos y los cineastas, la discusión pasó de los posibles desequilibrios mentales de los adolescentes y su percepción sobre ficción y realidad, a un debate acerca de los imaginarios y la representación de la historia nacional. Spike Lee salió a criticar la banalización de una historia que tenía que ver con su pasado familiar. Django desencadenado, la película de Tarantino, trataba con demasiada sorna, con risas macabras, con chistes de vaqueros el tema de la esclavitud: “La esclavitud en Estados Unidos no fue un spaghetti western de Sergio Leone, fue un Holocausto. Mis antepasados son esclavos. Fueron robados de África. Les honraré”, dijo Lee al negarse a pasar por el torniquete de la película. “Es un western, no me jodan”, fue la última respuesta de un Tarantino ya exasperado por palabras como repercusiones, memoria, frivolidad…

En Colombia, guardadas todas las proporciones, llevamos un mes con una discusión similar. De un lado se dice que una historia reciente y terrible, que involucra el dolor de miles de colombianos, ha sido tratada sin contexto y en clave de telenovela. Se cuestiona que la ficción con un espinazo de realidad sirva para que el público masivo de la televisión se haga una idea sesgada y banal de los dramas nacionales. De otro lado se hace una defensa tímida de la libertad de expresión y se intenta explicar que Julián Román es mucho mejor persona que Carlos Castaño. Nadie en RCN tiene el valor de decir “es una serie colombiana, casi una novela, no me jodan”.

Seguimos pensando en el público de televisión como un menor de edad sin posibilidades de una mirada burlona y crítica. Si Tres caínes fuera un libro de Gustavo Bolívar, no habría polémica. Pero la televisión se ha proclamado como una especie de manual de historia para el ciudadano raso; entonces el cuidado debe ser mayor, porque podemos estrenar de una manera equivocada el criterio y el cerebro de muchos compatriotas. No hablo de censura, pero veo un intención de tutelaje en muchos de los críticos de la serie. En un país lleno de víctimas que se han hecho una idea de los asesinos en carne propia, con proyectos valientes y valiosos como el de Verdad Abierta, con casas de la memoria y cientos de libros y estudios sobre la violencia, tenemos que ser capaces de soportar una versión barata de la historia. Deberíamos escrutar con más sospecha a los noticieros, a la prensa, a los mismos protagonistas de nuestras guerras. Hace poco decía Belisario en radio que Manuel Marulanda era “una realidad de sabiduría campesina”. Nadie se alertó por esa versión tierna de su contemporáneo.

 

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