Por: María Elvira Samper

La trampa de la polarización

Colombia es un país donde hacen carrera las hipérboles que describen, crean, recrean y distorsionan la realidad, por exceso o por defecto.

Así, somos la democracia más antigua de América, el país más biodiverso, el más inequitativo, el más feliz, el de la guerrilla más vieja del mundo... Y esa retórica de las hipérboles es la que hoy impregna el discurso político, el del Gobierno y el de la oposición, sobre todo la del uribismo.

El discurso oficial abunda en términos como “histórico”, “nunca antes”, “la más baja”, “la más alta”, “el único”, y el de Uribe y su séquito de precandidatos y defensores oficiosos, en palabras como “hecatombe”, “desastre”, “abismo”. Ni lo uno ni lo otro, ni paraíso, ni infierno, ni pura luz, ni total oscuridad. Los discursos maximalistas evaden el país real y confunden a la gente. Nadie sabe bien quién miente y quién dice la verdad o si, en medio de la mutua ofensiva de cifras que se contradicen, golpes bajos, insultos y ofensas personales, mienten los unos y los otros.

El fenómeno no es nuevo. Lo padecimos durante los ocho años del “uribato”, y por eso muchos aplaudimos y respiramos aliviados con el clima de distensión que creó Santos cuando llegó a la Presidencia. Paso a paso, moviéndose como gato entre cristales, el presidente fue desmarcándose de Uribe en varios frentes. Primero, en el tono y en el estilo, menos pugnaz y más respetuoso de las instituciones. Luego en el contenido de la agenda legislativa, de corte liberal y reformista, con prioridades como las leyes de tierras y de víctimas; en la política exterior, sobre todo en las relaciones con Venezuela y Ecuador; en la recomposición de las maltrechas relaciones con la Corte Suprema, y en el reconocimiento de la oposición como contradictor legítimo y no como enemigo, y finalmente con la decisión de sacarse del bolsillo la llave de la paz y abrir una mesa de diálogo con las Farc.

Fue la cereza del postre que debió tragarse Uribe, y el momento a partir del cual arreció las críticas contra Santos, que finalmente picó el anzuelo de la ofensa y la descalificación personales y, además, frente a la oposición de izquierda y en medio del conflicto del Catatumbo, cedió a la tentación —muy uribista, por cierto— de la estigmatización de sus líderes, como el senador Jorge Enrique Robledo, y de las movilizaciones sociales.

Tristemente, el presidente parece dispuesto a desandar lo andado para retomar el peligroso camino de la polarización, una estrategia que empobrece y envilece el debate público por su estrechez de miras y mezquindad de propósitos, que pone el énfasis no tanto en las propuestas de futuro, como en el ataque y la descalificación del opositor, que busca dividir con mensajes que estimulan la pugnacidad y el enfrentamiento.

Si la intención de Santos es mejorar su imagen y pavimentar el camino de la reelección, no parece esa la forma adecuada, sobre todo cuando avanza, aunque con dificultades, un proceso para poner fin al conflicto armado. Si bien “nada está acordado hasta que todo esté acordado”, lo alcanzado hasta ahora en La Habana es tan importante (un preacuerdo en materia agraria y un borrador sobre participación política) que el presidente debería salirse de la trampa en que lo tiene metido el uribismo, y dar un salto hacia adelante para defender la posibilidad relativamente cierta de cerrar el conflicto armado.

En resumen, vender futuro de paz a una sociedad torturada por una guerra que ha dejado cientos de miles de muertos y desplazados, y en la cual el Estado debe destinar cada año entre cuatro y cinco puntos de lo que genera la economía. Razones hay de sobra para apostarle a la paz y no a la guerra. Pero... ¿tiene el presidente la misma convicción?

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