Por: Carolina Sanín

Tramposa caballerosidad (I)

En una emisora de radio de cuyo nombre no quiero acordarme, con el fin de promocionar no sé qué sorteo de un automóvil (a lo mejor era una Toyota como las de los narcos y los políticos), el locutor principal le pregunta a su locutora auxiliar si a ella le importa en qué carro la va a buscar un pretendiente.

Ella dice que para qué le voy a decir que no si sí, y con ello queda demostrado el carácter necesario del vehículo para los oyentes y de paso queda dicho que, a la hora de decidir si ceder o no a su pretensión, las colombianas (encabezadas por la locutora, que presumiblemente es económicamente independiente pues devenga un sueldo de la emisora) nos fijamos en cuánto dinero ostenta un hombre.

Este intercambio “periodístico” —que no sucede en el espacio publicitario sino en el noticioso de un programa radial en el que notoriamente se llama “niña” a toda adulta no senil— putifica a las colombianas y ratifica por tanto a Colombia como el país de hijueputas (sin perdón, que así se llaman) que ha dicho Fernando Vallejo. Pero, por supuesto, nadie habla de “mal ejemplo” en ese caso.

Pocos días después de esa escena coqueta, el locutor susodicho se entera de que Hernán Darío ‘El Bolillo’ Gómez, director técnico de la Selección Colombia de fútbol, golpeó a una mujer. Entonces, de prisa se hace valedor del buen ejemplo y de los derechos de las mujeres. La gente llama a la emisora y el tuiteo no da respiro. Yo me entusiasmo: resulta que la opinión pública está dolida por la violencia contra mis congéneres. Gómez confiesa y presenta la renuncia a su cargo, consecuencia justa de sus actos, consecuencia contradicha por los capos del fútbol, que, con alevosa ignorancia de la ley y de la lengua, aducen que la agresión es un asunto “personal”. En ésas, una senadora de la República sale a opinar con gracia chocarrera que las mujeres nos ganamos las palizas, y el público acierta al vituperarla.

En fin, parece que ahora a muchos les preocupan los derechos de las mujeres: a los que no se indignaron ante la creación en Facebook de un grupo llamado “Negra, cállate y tráeme un sánduche” dedicado a agredir a la valiente excongresista Piedad Córdoba; a los hombres y las mujeres que opinaron que, en vista de que era pobre y promiscua, la víctima acusadora de Strauss-Kahn seguramente había inventado que había sido violada para “sacar plata”; a los hombres y las mujeres que no bajan a la sólida Íngrid Betancourt de “vieja histérica”; a los políticos que van a prostíbulos en donde se comercia con menores de edad, y a los curas de una religión que no admite a mujeres en sus jerarquías.

Pasan dos días y el ruido comienza a sonarme a pocas nueces. Debe ser mi intuición femenina. Pienso que no es cierto que la masa tuitera y radiera haya empezado a preocuparse por las problemáticas de género. Que lo que han sentido tantos colombianos es simplemente la oportunidad de ganarse una presea caballeresca por defender a una presa invisible. Que han visto la quijotesca ocasión de hacer el papel de machos —y machas— adalides de las mujeres a través de la fácil empresa de defender a una mujer que no ha aparecido, que no ha hablado; a una mujer sustituida por ellos mismos.

Y me pregunto qué canto cantarían —o callarían— estos gallos si la víctima hubiera denunciado por sí sola a su agresor; si afirmara su libertad y quisiera defenderse; si se supiera que tiene alguna fortaleza; si se descubriera que es fea, o lo que es peor, bella; si se supiera que en su oficio descuella entre hombres y mujeres; si se supiera que vive de hacer oficio en la casa de otras mujeres; si ella dijera, por ejemplo, que le gusta hacer el amor con mucha frecuencia, gratis y con personas que no tienen carro. O, sin ir tan lejos, si tuviera una cara y un nombre y un dedo para señalar.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Carolina Sanín