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Héctor Abad Faciolince 27 Oct 2012 - 11:00 pm

Tres premios fallidos

Héctor Abad Faciolince

Hay quienes premian a otros para premiarse a sí mismos. Cuando algún tipo de whisky o cuando la razón social de un banco aparecen con grandes letras patrocinando un premio literario, lo que el premiado termina aceptando es que su nombre se asocie con una marca: publicidad indirecta y casi siempre involuntaria.

Por: Héctor Abad Faciolince
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También un premio que nace quiere hacerse con un nombre importante la primera vez que se entrega, de modo que ese nombre le sirva como padrino de bautismo, de ahí en adelante. Es lo que acaba de ocurrirle a Mario Vargas Llosa, a quien sorprendieron con un premio —inútil para él— que no le añade nada a su carrera de escritor: el recién creado Premio Carlos Fuentes de literatura. Aceptarlo era absurdo, pero no aceptarlo habría sido un desaire al viejo amigo. En esta sin salida, Vargas Llosa prefirió el absurdo al desdén.

Cuando se ganó el Nobel, Gabriel García Márquez advirtió que en adelante no recibiría ningún otro premio literario. Hizo bien y lo hizo a tiempo. Después de ganarse el Gordo de Navidad no es de buen gusto seguir apostando al chance. Si alguien recibe el máximo galardón mundial de las letras, los homenajes que se le hagan después en este mismo campo son, en realidad, un homenaje a quienes fingen homenajear al galardonado. Un premio así se convierte en una presión indebida para que el hombre célebre asista, reciba el cheque, se deje tomar fotos y haga entrevistas para bien, no de él, sino de quienes lo premian.

Los premios tienen veneno. No todos, claro. Los más limpios son los que se dan por una obra publicada o por reconocimiento a una vida dedicada al oficio, pero incluso éstos pueden ser una maldición disfrazada. Al darle el premio de la FIL a Alfredo Bryce Echenique, quienes lo homenajearon le propinaron —sin querer— la más honda puñalada. Quienes por descuido o simpatía habíamos pasado por alto sus plagios (pensando que eran un pecado venial y ocasional de un articulista que, en crisis de creatividad, se había apropiado de una frase ajena), descubrimos con estupor y tristeza que era enorme el tamaño de su deshonestidad intelectual. Con los reflectores del premio, los robos ya no pueden pasarse por alto. Premiar es como enfocar un microscopio sobre la vida y obras del premiado. Como todo premio estimula no sólo la admiración, sino también la envidia, premiar es ponerle una lupa a los defectos del premiado.

Javier Marías acaba de rechazar el Premio Nacional de Narrativa que otorga el Ministerio de Educación de España. El bombo que se le ha dado a su rechazo ha sido mil veces mayor que el ruido que le habrían hecho al recibirlo. No digo que él lo haya rechazado por estrategia mediática, pero sí por desquite (aduce que el Estado español jamás le quiso dar premios a su padre) y por antipatía. También recibir requiere cierta humildad y a Marías le cuesta recibir regalos. Me consta. Una amiga mía le hizo y le mandó una vez una mermelada. Pues bien, a través de una secretaria, el escritor le hizo saber que no le gustaban los dulces y que hiciera el favor de nunca más mandarle mermeladas. No digo que hiciera mal al ser sincero, pero ¿no podía —sencillamente— quedarse callado? Hay en el rechazo una estridencia que la humilde aceptación no tiene.

Como bien decía don Antonio Machado, quienes reciben homenajes se cubren de ridículo, y también quienes los rechazan. Por boca de su álter ego, Juan de Mairena, Machado estaba contra quienes aceptan honores y también contra quienes declinan los honores; contra quienes celebran el honor que se le hace a otro, y al mismo tiempo contra quienes no celebran que se honre a los demás: “Censuraba agriamente a los primeros por fatuos y engreídos; a los segundos acusaba de hipócritas y falsos modestos; a los terceros, de parásitos del honor ajeno; a los últimos, de envidiosos del mérito”. Y Machado concluye poniéndole título a sus pensamientos: “Contra el género humano”. Porque el género humano queda al desnudo en el momento de los premios.

  • Héctor Abad Faciolince | Elespectador.com

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