Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Desde la tribu

Está escrito en el destino de todos los columnistas de opinión que no podrán evitar atormentar al pobre lector con alguna referencia ocasional a su pequeño mundo.

A éste le robaron el celular, y eso le sirve como pretexto para protestar contra el universo; a aquél le pusieron una multa de tránsito desconsiderada; el de más allá fue atropellado por un ciclista, o se ganó un premio que atormentó a sus envidiosos rivales. O es uno de los envidiosos rivales. Estas cosas pasan —de hecho, constituyen buena parte de la trama de la vida cotidiana—, así que en algún momento toca plegarse a ellas, y tratar de hacerlo con la mayor dignidad y sentido del humor posibles.

Así que déjenme librarme de unos cuantos mililitros de bilis con dos temas que sólo adquieren importancia en un contexto determinado. El primero: cursa en el Congreso un proyecto de ley para darles a los politólogos una tarjeta profesional. La idea es vieja, pero se basa en un malentendido. Las tarjetas profesionales son obligatorias para ciertas disciplinas en las que la falta de idoneidad tiene repercusiones contundentes e inmediatas sobre la vida y propiedad de los ciudadanos. Si, por ejemplo, un abogado o un médico resulta ser un incompetente, esto implica un riesgo muy real para el cliente que lo contrate. Los politólogos estamos en una situación muy diferente. Si se considera —para forzar la analogía— que el cliente de los politólogos son los políticos, entonces los riesgos más bien van en la dirección contraria. Pero el punto de fondo es que, junto con otras muchas actividades —algunas maravillosas, como la pintura, la novela, la filosofía, las disciplinas exactas, o la simple producción de artesanías; otras vacuas, como la astrología; otras intermedias, como el periodismo deportivo—, la ciencia política está relativamente desvinculada de la utilidad inmediata. Para bien o para mal. Yo me siento muy cómodo así. El lector decidirá, de acuerdo a su experiencia y estado de ánimo, de qué lado del espectro estamos más cerca, si de la pintura o de la astrología, de Aristóteles o de Nostradamus, del buen artesano o del charlatán. Pero para el caso da lo mismo: ni Alejandro Obregón ni el Indio Amazónico hicieron, ni hubieran podido hacer, nada con una tarjeta profesional. No gasten el tiempo en eso: traten más bien de hacer bien su trabajo.

El segundo: nos aprestamos a una nueva convocatoria de grupos de investigación por parte de Colciencias. Ahora bien: Colciencias es una institución importante y valiosa. Pero la convocatoria de grupos es uno de los ejemplos más crasos —a su manera trágico, pero también risible— de una idea inicialmente buena, que a partir de algunos problemas iniciales de diseño y de sucesivos “mejoramientos” incrementales, se convirtió en una práctica grotesca. Como suele suceder, la cosa adquirió vida propia, y es cada día más incomprensible y barroca. Nadie se atreve a dejar a este triste y desangelado emperador al desnudo por miedo a quedar fuera del juego. Creo que se puede demostrar fácilmente que, aunque en las apariencias las prácticas colombianas en este particular se parecen a las internacionales, ellas divergen en puntos cruciales, generando los peores incentivos y las peores rutinas posibles. Para no hablar ya de la simple pérdida de tiempo, que duele como si lo cogieran a uno a patadas. Ya que comienza una nueva administración en Colciencias, yo le pediría que aplazara la flamante convocatoria de grupos, e hiciera un análisis cuidadoso, y comparado, de las distorsiones actuales. No es, al fin y al cabo, asunto tan menor: se trata de los incentivos y señas que gobiernan la asignación —creciente— de recursos en ciencia y tecnología en el país.

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