Por: Alejandro Gaviria

Última columna

TODOS TENEMOS, DICEN LOS EXpertos en este oficio, en la ciencia y el arte de la columnística, diez columnas en la cabeza, diez temas sobre los cuales podemos expresar una opinión más o menos coherente en el espacio limitante de una cuartilla, sobre los cuales podemos escribir sin la necesidad de un libro, sin buscar una cita oportuna, sin investigar los detalles del asunto, sin consultar las opiniones de los expertos, sin acudir a la ayuda de Google, el memorioso.

Pero después de diez semanas, después de agotar el acervo (siempre escaso) de opiniones prexistentes, empieza Cristo a padecer. O mejor, el columnista a penar. Rápidamente, en cuestión de unos pocos meses, los columnistas pasamos (y uso una cita oportuna) “de escribir porque se ha pensado a pensar para escribir”, esto es, del cielo a la tierra. La falta de tema se convierte, entonces, en una estado permanente, en una suerte de vacío angustiante que casi define este oficio improbable, el oficio de opinar por obligación, consuetudinariamente, téngase o no algo que decir.

Cronistas del presente, comentaristas de las luchas efímeras de la política, intérpretes afanados de los sucesos de antier, teóricos improvisados de la coyuntura, eso somos los columnistas (me incluyo por supuesto). Muchas veces, a la usanza de los comentaristas deportivos (y con la misma grandilocuencia), nos empeñamos en buscarles interpretaciones rebuscadas a muchos fenómenos fortuitos, azarosos; en otras palabras, a buscar razones donde no las hay. De eso se trata a veces este negocio.

Leí hace unos días, ya no recuerdo donde (esta vez Google no pudo acordarse), que los historiadores, en sus pesquisas rutinarias, en sus consultas a los diarios y periódicos antiguos, ignoran o miran con indiferencia las opiniones de los columnistas, concentran toda su atención en las noticias, en la descripción de los hechos. Están mucho más interesados en los eventos del pasado, que en las opiniones de los antepasados. Casi sobra decirlo, este es un género efímero. Las columnas no envejecen bien. Caen rápidamente en desgracia. Unas pocas perduran. Pero no por mucho tiempo.

Pero, en todo caso, sea lo que sea, cabe rescatar el valor de entretenimiento de los columnistas, su papel de animadores (y azuzadores) de la política, su importancia en la deliberación democrática, su participación permanente, predecible, casi familiar, en la controversia ideológica, en los debates públicos. Sin columnistas, la política sería más aburrida, más alejada del ideal (utópico) de una democracia deliberativa, más centrada (mucho más) en los intereses que en las ideas.

A los pocos meses de haber comenzado a escribir esta columna, en mayo de 2004, Fidel Cano, el director de este diario, entonces semanario, me dio un consejo fundamental. “Buen columnista –me dijo que alguien había dicho– no es el que sabe escribir, sino el que cumple”. En ocho años y cuatro meses, siempre cumplí, cada semana, sin falta. Dejo este espacio con la satisfacción del deber cumplido. Me despido dándoles las gracias a los lectores y a los foristas, a quienes, a pesar de los insultos, leía con interés (y algo de temor) cada domingo. Hasta pronto.

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