Carolina Sanín 18 Dic 2011 - 1:00 am

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Yo odio el lugar donde nací.Todo en Bogotá me es detestable, salvo unas cuantas fachadas, el parque Simón Bolívar y el del Virrey, y las nubes en contadas ocasiones.

Por: Carolina Sanín
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Estoy resentida por vivir en una ciudad que no tiene mar ni río ni lago, ni siquiera fuentes, y en donde aguacerea lluvia sucia todas las malditas tardes. Aborrezco salir a la calle y tener que respirar el aire que huele a tubo de escape de autobús, y también montar en autobús para aguantar sacudones y soportar a los vendedores de porquerías que reclaman porque los pasajeros no les respondemos el saludo. Odio a los taxistas por sobre todas las cosas, y en segundo lugar odio las “chivas rumberas” que transitan en estas noches decembrinas —los mismos camiones de abasto que se incendian y desabarrancan en los caminos rurales y que aquí las empresas usan como bares ambulantes, pintorescos, para emborrachar una vez al año a los empleados que le han sabido lamer el culo al jefe durante doce meses más—. Odio pasear por el centro de la ciudad, que es inmundo, y odio el norte con sus mujeres idénticas unas a las otras, de bluyín enmorcillado y bota encima del bluyín, de pelo con “rayitos”, de la mano de sus niñas vestidas de invariable rosa. Me agobian los polvorientos barrios de los trabajadores tanto como los edificios de la burguesía, la clase a la que pertenezco: sus nombres en inglés (¡hay uno que se llama “Ego Box”!) y la ordinariez de sus apartamentos caros reformados con drywall y sus mesas de centro con libros de fotos de Mompox, y las conversaciones sobre a qué colegio vamos a meter al niño. Tanto como a las señoras bien y a sus maridos putañeros, abomino los pulguientos círculos intelectuales bogotanos con sus lecturas trasnochadas de traducciones ibéricas, a mi generación entera y su perica (que es como tienen que decirle a la cocaína para que no se confunda con la misma sustancia que consagra la mentira y financia las masacres, y así no les entre en la mala conciencia). Me enfurece el uso permanente del diminutivo, el abuso del verbo “colocar” y la obsesión del ciudadano por corregir con “un vaso con agua” mi correcto vaso de agua (en un lugar donde en todo caso no hay río ni lago y ni siquiera fuentes). Y, ya que estamos, me agravia la insistencia de los restaurantes por venderme agua embotellada nacional, que es hedionda (una marca sabe a charco y la otra a babas), cuando lo único bueno de Bogotá es el agua del acueducto (ya estarán pensando en dañarla). Odio todo eso —además de la mediocridad de la literatura nacional, la corrupción de la salud pública, la izquierda condescendiente y la derecha cínica, la demasía de los enclosetados, y a todos los políticos— ardiente y constantemente.

Será que me siento superior, diría alguien, y yo diría que se equivoca: que sólo puedo ocuparme de los defectos que efectivamente me ocupan; que todo lo que odio lo odio por su posibilidad en mí. O diré que soy católica, moralista y loyolista, y que puedo repudiar lo que me parezca repudiable precisamente porque quizás no soy mejor que ello pero aspiro a que la humanidad sí lo sea. Otro dirá que odio con tanta pasión esta sociedad que parecería que la amo arrebatadamente. Probablemente esté en lo cierto. Ya sea amor abrasador u odio calcinante, el efecto de ejercerlo activamente, de poner a su servicio lo que sé hacer y lo que sé aprender —de inventarme este personaje hipersensible, aunque me haga reír, de buscar cada quince días qué objeto objetable destripar— me tiene cansada y aburrida. Necesito escribir de otras cosas, de las que me acompañan y sostienen (sin tanto odio que las invoque, y quizás sin tanto amor, pero con curiosidad anhelante). Por eso (y también porque recientemente aprendí a manejar y ahora tengo un carro que me puede sacar de este purgatorio y llevarme al campo cuando quiero, y que me demanda cada vez más tiempo de paisajes y menos de peroratas), hasta una fecha indefinida que no será próxima, dejo esta columna dominical en El Espectador, al que quiero manifestar mi gratitud. Vale.

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