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Fernando Araújo Vélez 17 Ago 2013 - 10:00 pm

La última columna

Fernando Araújo Vélez

Por más de 15 años vivió de y para los escritores.

Por: Fernando Araújo Vélez

Sin embargo, al final, cuando sus columnas eran poco menos que arrastrar palabras y juicios para que le pagaran unos cuantos pesos, fueron ellos mismos los que lo borraron del periódico. Al comienzo le enviaban sus libros con autógrafos y lo invitaban a comer. Eran cinco, seis, que con los años se multiplicaron por decenas, con sus respectivos libros y los libros de los amigos y conocidos. Alguno, incluso, le deslizó una mañana un sobre con unos cuantos billetes dentro por debajo de la puerta de su casa. “Saludos, hermano”, decía en una hoja, y firmaba. Nada más. Nada menos. Tiempo después, ese mismo escritor le envió la misma frase, “saludos, hermano”, pero en papel de sufragio, con la misma vieja firma, añejada, quizá por los años de espera.

Su poder era la palabra, y su única y más preciada fidelidad se la debía a los lectores; cinco o seis gatos, como solía decir, seguro tan apestosos como él, igual de amargados, aislados del mundo, vividores de otras vidas, de otros tiempos. Su palabra, pensaba, se había convertido en la verdad, pese a que él mismo les rehuía a los absolutos. Y era la verdad, concluía, porque los mismos escritores de los que hablaba se habían encargado de subirlo a ese pedestal. Ellos decían “por fin apareció un crítico”, generalmente después de que él les hubiera reseñado una obra. Ellos aplaudían su pluma venenosa cuando el veneno iba dirigido hacia los otros, los enemigos, los odiados. Ellos lo habían creado, pero no por sus ideas y sus elecciones. No por su columna en sí misma. Lo habían creado por sus amores y sus odios, que eran los mismos de ellos, o eso creían.

Él lo sabía. Convivía con aquella mentira construida sobre otras mentiras. Se atormentaba, y todos los días juraba que iba a cambiar, que no quería ser más una marioneta. El sufragio, precisamente el sufragio que le dejaron por debajo de su puerta, fue el detonante que necesitaba para escribir la columna que se debía a sí mismo, una columna en la que denunciaría las presiones, las envidias, las mezquindades y las bajas pasiones de aquellos que un día sí, otro no, salían en los diarios y las revistas y la televisión hablando de dignidad, de decencia, de estética, de honor y moral. Quería gritar que, como cantaba Piero 40 años atrás, “todos los días, los diarios publicaban porquerías”. Él era una de esas porquerías, lo admitía, y sólo su última confesión podría librarlo un poco de tanta carroña. Empezó a escribirla tres días antes del último plazo de entrega. Contó que casi todo lo que había escrito era mentira, una especie de dictado del poder. Tachó la palabra poder con algo de temor, pero en seguida la volvió a escribir. Y siguió. Y terminó aceptando que algunos de sus párrafos habían sido redactados por los propios protagonistas, los escritores que el sábado en la noche lo leyeron y escribieron en el lugar de su columna que, por motivos personales, don Abraham Pinto había renunciado a su crítica literaria semanal.

  • Fernando Araújo Vélez | Elespectador.com

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agualongo

Dom, 08/18/2013 - 11:45
Fernando: muy bien. Me sigue gustando su estilo lleno de triste crueldad o de cruel tristeza. Sabe Dios cuántos 'cagatintas' se han vanagloriado con críticas favorables prestadas. Y Dios también sabe cuántos buenos escritores han desaparecido de un diario o de una librería por causa de unos poderosos que sentían que les pisaban duro sobre sus nucas sudorosas por el crimen. Saludos desde el Sur ! ! !
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sofia fuentes

Dom, 08/18/2013 - 08:04
Ya no aguanto más estos cuentos, definitivamente no vale seguir leyendo mentiras del poder. Mientras escriben, por 20 o más años, son alabanzas o criticas, fincadas en una ética de la cual hacen su propia apología, para terminar un día confesando, que no, que todo era un tinglado montado por otros y afianzado en su propia cobardía o amancebamiento con el poder. Y para colmo cuando confiesan tampoco la conocemos, pues esta convenientemente interceptada p
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Boyancio

Dom, 08/18/2013 - 07:06
...salvo, valga la redundancia, que todo lo que se dice por escrito no es lo mismo que, digamos lo que se habla acompañado el hablante con un buen ron: pura...( me personan la expresión) pero es que me da muy mal aliento con solo pensar en el tiempo perdido. ¡ me la imaginaba! ajá, uno es así...
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