Por: Fernando Araújo Vélez

La última columna

Por más de 15 años vivió de y para los escritores.

Sin embargo, al final, cuando sus columnas eran poco menos que arrastrar palabras y juicios para que le pagaran unos cuantos pesos, fueron ellos mismos los que lo borraron del periódico. Al comienzo le enviaban sus libros con autógrafos y lo invitaban a comer. Eran cinco, seis, que con los años se multiplicaron por decenas, con sus respectivos libros y los libros de los amigos y conocidos. Alguno, incluso, le deslizó una mañana un sobre con unos cuantos billetes dentro por debajo de la puerta de su casa. “Saludos, hermano”, decía en una hoja, y firmaba. Nada más. Nada menos. Tiempo después, ese mismo escritor le envió la misma frase, “saludos, hermano”, pero en papel de sufragio, con la misma vieja firma, añejada, quizá por los años de espera.

Su poder era la palabra, y su única y más preciada fidelidad se la debía a los lectores; cinco o seis gatos, como solía decir, seguro tan apestosos como él, igual de amargados, aislados del mundo, vividores de otras vidas, de otros tiempos. Su palabra, pensaba, se había convertido en la verdad, pese a que él mismo les rehuía a los absolutos. Y era la verdad, concluía, porque los mismos escritores de los que hablaba se habían encargado de subirlo a ese pedestal. Ellos decían “por fin apareció un crítico”, generalmente después de que él les hubiera reseñado una obra. Ellos aplaudían su pluma venenosa cuando el veneno iba dirigido hacia los otros, los enemigos, los odiados. Ellos lo habían creado, pero no por sus ideas y sus elecciones. No por su columna en sí misma. Lo habían creado por sus amores y sus odios, que eran los mismos de ellos, o eso creían.

Él lo sabía. Convivía con aquella mentira construida sobre otras mentiras. Se atormentaba, y todos los días juraba que iba a cambiar, que no quería ser más una marioneta. El sufragio, precisamente el sufragio que le dejaron por debajo de su puerta, fue el detonante que necesitaba para escribir la columna que se debía a sí mismo, una columna en la que denunciaría las presiones, las envidias, las mezquindades y las bajas pasiones de aquellos que un día sí, otro no, salían en los diarios y las revistas y la televisión hablando de dignidad, de decencia, de estética, de honor y moral. Quería gritar que, como cantaba Piero 40 años atrás, “todos los días, los diarios publicaban porquerías”. Él era una de esas porquerías, lo admitía, y sólo su última confesión podría librarlo un poco de tanta carroña. Empezó a escribirla tres días antes del último plazo de entrega. Contó que casi todo lo que había escrito era mentira, una especie de dictado del poder. Tachó la palabra poder con algo de temor, pero en seguida la volvió a escribir. Y siguió. Y terminó aceptando que algunos de sus párrafos habían sido redactados por los propios protagonistas, los escritores que el sábado en la noche lo leyeron y escribieron en el lugar de su columna que, por motivos personales, don Abraham Pinto había renunciado a su crítica literaria semanal.

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