Por: Nicolás Uribe Rueda

Umbral y democracia

No es fácil lograr que se comprenda la relevancia de las reglas electorales y su influencia en la configuración de nuestra democracia. Con frecuencia se cree que no son más que disposiciones de carácter particular, cuyos destinatarios únicos son partidos políticos y candidatos.

Esto, sin embargo, no es así. Las normas electorales, por más que parezcan pura mecánica política, cumplen un papel fundamental en la configuración de las virtudes y defectos del sistema democrático. La proliferación de microempresas electorales y sus consecuencias se presentaron como consecuencia de creer que la calidad de la democracia dependía de la cantidad de partidos políticos existentes; el costo de las campañas políticas de hoy se debe entre otras cosas a la gran extensión de las circunscripciones electorales y a la posibilidad de que las listas con voto preferente pongan a competir a los candidatos de un mismo partido, y el ausentismo parlamentario y la indisciplina de los miembros de una colectividad política a la hora de votar tienen origen en la debilidad de las normas que regulan las bancadas. Y así, sin importar qué tan nuevos o veteranos sean los hombres en el trasegar de la política, cada regla electoral tiene una consecuencia y cada norma incentiva conductas deseables o comportamientos reprochables.

En este contexto debe entenderse la figura del umbral electoral, que es una barrera de ingreso a los partidos que quieren conseguir representación en el Congreso. No se trata de una norma de exclusión que busca impedir la participación de minorías en la configuración de las decisiones, sino un instrumento al servicio de la decisión que tomó Colombia hace más de 10 años cuando optó por cambiar un sistema político con decenas de partidos por otro en donde hubiese pocas pero grandes colectividades. Y es que en nuestro país llegó a haber en el año 1998 80 partidos y más de 300 listas al Senado. Con un potencial electoral de más de 30 millones de ciudadanos y casi 15 millones de votantes, lo cierto es que no parece demasiado exigir como 450.000 votos para garantizar que quienes accedan al poder representen algo más que a sí mismos.

Pero, además, es necesario entender que el umbral no debe ser analizado al margen de las reformas constitucionales de 2003 y 2009 y sus respectivas reglamentaciones. No en vano se han creado las listas únicas, aumentado las inhabilidades e instituido sanciones importantes para los partidos políticos, establecido reglas para las coaliciones, cambiado las normas de financiación, expedido controles para el comportamiento en bancada, fortalecido la democracia interna y creado responsabilidades para los directores de partidos, entre tantas otras cosas. Podrá ser insuficiente, pero es sin duda mejor que lo que teníamos hace apenas unos años.

Las minorías políticas son fundamentales para la democracia colombiana, como lo es también la construcción de partidos serios que tengan identidad política. Las ideas de las minorías deben tener espacio en el interior de los partidos y estos a través de sus procesos de democracia interna deben salvaguardar su participación y en ellas encontrar también su fortaleza.

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