Por: Héctor Abad Faciolince

Un abrazo a la serpiente

Hace poco una escritora y crítica literaria española, Marta Sanz, decía lo siguiente de un libro mío: “No comparto ciertos aspectos ideológicos de La Oculta, pero (…) por admiración literaria se la recomiendo vivamente.”

 

Al leer la reseña me pregunté si era posible que nos gustara un libro con el que no estamos de acuerdo “ideológicamente”. La respuesta afirmativa me llegó esta semana al ver una película extraordinaria: “El abrazo de la serpiente”, de Ciro Guerra. Ahí está el ejemplo preciso de una obra de arte que me puede gustar de un modo arrasador —hasta el punto de hacerme soñar con ella— y esto a pesar de estar ideológicamente en desacuerdo con ella.

 

Despachemos de una vez el desacuerdo ideológico con la película, para poder dedicar más espacio a sus grandes virtudes. Este es, en general, el mismo desacuerdo que tengo con cierto tipo de antropología: la que ve al “otro” (el negro, el indio, el aborigen) según el viejo mito roussoniano del buen salvaje. Para mí esta idea es condescendiente y, sobre todo, hija de la mala conciencia. El supuesto hombre blanco iluminado va a observar a los “salvajes” y de repente ve en ellos todas las virtudes, el depósito de toda la sabiduría ancestral, el receptáculo de la bondad, el equilibro y la ecología. Se le niega al “otro” su condición humana (contradictoria, compleja) y se lo eleva casi a la condición de ángel. Nosotros demonios blancos —como si fuéramos blancos y no mestizos— que hemos sido tan malos con los indios —con una idea del “indio” que es un típico invento blanco—, vamos a disculparnos con ellos, y a superar la culpa postcolonial, elogiándolos sin freno. La diferencia ideológica, pues, es que no considero que ninguna etnia sea superior: los indígenas son tan complejos, con tantas ambigüedades y caídas éticas (machismo, violencia, astucia, cálculo) como cualquier otro grupo humano.

Pero más allá de este desacuerdo, “El abrazo de la serpiente” es una gran película: estéticamente impecable, con un uso muy acertado del blanco y negro, con una dirección de actores que saca de cada uno de ellos (blancos, mestizos e indígenas), personajes creíbles, seguros y muy bien caracterizados. La selva se siente en toda su dimensión agobiante, mezcla extraña de belleza y angustia al mismo tiempo, de enfermedad y peligro, de armonía y violencia.

Las dos historias que se superponen a distancia de casi medio siglo (entre un explorador alemán y un botánico gringo) están muy bien hilvanadas y entretejidas. Se iluminan mutuamente y hacen un uso excelente del gran libro de Wade Davis (Un río) sobre Schultes, sin dejar por fuera otras fecundas influencias literarias, desde La vorágine hasta varias narraciones de Vargas Llosa y El corazón de las tinieblas de Conrad. Como en “Los viajes del viento”, la anterior película de Ciro Guerra, también aquí se narran viajes en busca de algo que no se conoce, de una respuesta fundamental que los protagonistas no podrán nunca hallar, porque en realidad no existe una solución mágica que dé respuesta a todas las preguntas.

Habla muy bien de la Ley del Cine, y de la arriesgada apuesta de algunos productores colombianos, que este año haya habido en Cannes premios tan importantes como el de Ciro Guerra y como el que se concedió a la primera película del joven director César Acevedo, “La tierra y la sombra”, calificado por un crítico francés como “un esteta superdotado”. Mientras este film llega a las salas, es muy grato haber visto la increíble riqueza cultural de Colombia (en lenguas, en etnias, en visiones del mundo) mostrada con el ojo sensible y limpio de Ciro Guerra.

Un acierto extraordinario es el uso de varias lenguas indígenas y europeas, pues mediante ese choque lingüístico entre distintas civilizaciones es como mejor se aprecia la riqueza de nuestra realidad y la hondura de esta obra de arte cinematográfica. Salvo la diferencia ideológica señalada, y una dudosa apuesta psicodélica al final, la película deslumbra.

 

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