Por: Julio César Londoño

Un ateo que escribe como los dioses

El metarrelato es un subgénero de la historia.

Es difícil. Ambicioso. Consiste en registrar períodos largos de la historia de un imperio, el planeta, la galaxia, las “murallas” o el universo, desde el mito, la filosofía, la política, la ciencia, el arte, la sociología. Jehová, Willy Durant, Matt Ridley y Peter Watson son los maestros del género. Entre nosotros, Germán Arciniegas y Antonio Vélez lo han intentado con elocuencia y lucidez.

La revelación del metarrelato se llama Yuval Noah Harari, un judío de 39 años. Su libro, De animales a dioses, agota ediciones en 39 lenguas aunque su dominio es modesto: se limita al estudio de los avatares del homo sapiens en los últimos 70.000 años, es decir, desde cuando era un bárbaro puro hasta el bárbaro ilustrado de hoy.

Los hitos del libro son la revolución cognitiva (70.000 años a. C.: comercio, arte, religión, jerarquías sociales), la revolución agrícola (12.000 años a. C., “el mayor fraude de la historia”, según Harari) y la revolución científica, hace apenas 500 años, contados a partir del día en que un muchacho florentino dejó caer libros, piedras, sapos y saliva desde la Torre de Pisa y midió el tiempo de caída con los latidos de su exacto corazón.

Entre tantas cosmologías y metarrelatos que agobian los anaqueles, ¿qué hace distinta la versión de Harari? Tres cosas: puede pensar con agudeza porque es ateo (es imposible pensar dentro de un dogma), pero no se enfrasca, no hace alharaca, ni desafía la ira divina, como Ciorán, digamos. Su prosa tiene relieve, a diferencia de ese lenguaje soso que las enciclopedias y los profesores estilan. Como nadie ignora, la buena prosa obra dos veces: primero encuentra, luego revela. Es una herramienta cognitiva y pedagógica a la vez. Y, toque maestro, sabe especular. No se limita a rumiar su erudición: vuelve a pensar todas las cosas por su cuenta. Inventa. Arriesga. Imagina. Sonríe.

Por ejemplo: acepta que el lenguaje fue el gran plus del homo sapiens, la “chispa divina”, pero precisa que fue su inclinación a urdir ficciones (chismes y cosmologías) lo que le dio unidad a la tribu y sentido trascendente a las vidas de sus integrantes. Con los milenios, el homo sapiens descubrirá que no existe tal sentido, que la evolución tantea en los laberintos del azar, extrañará a los dioses y creará nuevos mitos: el oro, el poder, las marcas, el progreso, la felicidad...

Por ejemplo: en el capítulo “El credo del capital”, nos cuenta cómo fue que los holandeses construyeron, a punta de crédito y responsabilidad, un imperio más serio y poderoso que el español. Y cómo de la confianza nacieron los bancos… que día y noche abusan de nuestra confianza.

En el capítulo dedicado a la felicidad reconoce que los casados son más felices que los solteros, pero advierte que no es seguro que el matrimonio produzca felicidad. Puede ser al contrario, que la felicidad produzca matrimonios.

Para mí, la felicidad es un engendro incubado por un teósofo maligno para amargarnos la vida.

Yuval Noah Harari también sabe llorar. Lo preocupa la suerte de los pobres; las condiciones en que viven y mueren los animales en las granjas industriales. “La evaluación de la felicidad global no puede limitarse solo a la felicidad de las clases altas, de los europeos o de los hombres”. Al final del libro irrumpen cyborgs, clones, personas inmortales, backups de cerebros humanos, monstruos de laboratorio, dilemas bioéticos… de aquí la síntesis del libro del propio Harari que recoge el blog NTC: “La historia empezó cuando los humanos inventaron los dioses, y terminará cuando los humanos se conviertan en dioses”.

Buscar columnista