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William Ospina 4 Mayo 2013 - 11:00 pm

Un bastidor, un perro y una corte (I)

William Ospina

(Monólogo del rey Felipe IV sobre 'Las Meninas' de Velázquez)

Por: William Ospina
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No por capricho he tomado la decisión de hacer arrestar a Diego Rodríguez de Silva y Velázquez.

Es verdad que ha sido mi pintor de cabecera desde cuando ascendí al trono de España, y que se ha destacado entre todos como artífice supremo, fino dibujante, excelso retratista, gran constructor de cuadros históricos y de atmósferas, recreador inmejorable de escenas mitológicas y exquisito conocedor de la luz y las cosas.

Pero al mismo tiempo advierto que se ha aplicado de manera persistente e insidiosa a contrariar la tradición y a insinuar en su arte las más peligrosas ideas que puedan surgir en la mente humana, delirios que de abrirse camino podrían subvertir el orden social y moral de la civilización, convirtiendo al mundo en un verdadero caos.

He pasado largas horas mirando su retrato de la infanta Margarita Teresa de Austria, mi hija y primera heredera, al que han dado a llamar en la corte Las Meninas, porque aparecen en él sus damas de honor, Isabel y María Agustina, lo mismo que la enana Mari Bárbola y el enano Nicolasito Pertusato, bufones de la corte. Nótese que ya esa designación espontánea revela cómo los espectadores del cuadro advierten enseguida la primera de las muchas transgresiones del artista. Siendo ésta una escena de corte, y específicamente un retrato de la princesa que, en el momento de ser pintado, era legítima heredera de la corona, hasta los espectadores distraídos comprenden que Velázquez no sólo les ha dado la misma importancia a las meninas y a los bufones que a la princesa, sino quizás un poco más, porque los ha puesto a ellos en primer plano.

Es cierto que la princesa está bellamente pintada: la luz en su rostro y en su traje es maravillosa. Pero no sé por qué artes malignas las figuras secundarias se van volviendo principales en el cuadro, y el espectador tiende a conceder menos interés al modo como la princesa es ataviada para una ocasión especial que al modo como Nicolasito Pertusato da un puntapié al perro que estaba entredormido.

Un gesto tan vulgar no tiene por qué merecer ser eternizado por el arte: usurpa aquí la dignidad de la realeza, y aspira a la misma eternidad que merece la escena perfecta de la princesa llevada por sus edecanes a la presencia de los reyes. Pero, además, los cánones y la mera elegancia mental ordenan que una escena palaciega eternice un momento de orden y compostura; todos los personajes del cuadro deberían estar en su sitio, posando para recibir la entrada suprema de los reyes. Y en cambio aquí, ¿qué vemos?

Un momento anterior, de desorden y de improvisación: la princesa no acaba de estar lista, sus ayudantas están apenas acabando de prepararla, una de ellas ha advertido que los reyes están entrando y apresuradamente se vuelve para intentar la reverencia; hasta un personaje incidental, José Nieto, que se encontraba al fondo, en la escalera, en medio de una luz que sobra en este espacio íntimo, se vuelve a mirar más bien sorprendido a los monarcas que hacen su entrada.

¿Qué significa todo esto? No que Velázquez por accidente haya capturado un momento anterior a toda solemnidad, una improvisación, un ensayo: sino que con toda voluntad y premeditación, y además con maligna maestría, ha decidido eternizar precisamente el desorden previo al momento de la pose oficial; tomando partido por los hechos contra los reglamentos, por el boceto contra la obra terminada, por el desorden del mundo contra el orden sublime del arte.

Para colmo, ha tenido la idea insidiosa de poner al rey y a la reina en el último plano, como reflejos apenas en un espejo borroso al fondo de la habitación. ¡El rey y la reina borrosos en el fondo, cuando en primer plano ha puesto al perro! Esto tiene que obedecer sin duda a una conjura pérfida, es una ironía maligna, una burla afrentosa y una perversidad.

Cuando insinué un comentario sobre el tema, el artista encontró sin embargo un argumento a la vez ruin y difícil de refutar: me dijo que si los reyes aparecen al fondo, reflejados, es porque en realidad están en primer plano, son las presencias invisibles hacia las que se dirigen las miradas de todos los personajes. “El rey y la reina”, me dijo con una venia que ahora descifro burlona, “son el tema del cuadro; es por su aparición que todo se conmociona y se apresura. Las figuras no estaban preparadas para la entrada anticipada de los reyes, están apenas reaccionando: eso revela la importancia de los que llegan. Y todo en el cuadro ha sido pintado para sus majestades, puesto que el cuadro es lo que ellos están viendo”.

“El artista”, añadió Velázquez, “no está construyendo una imagen mentirosa: está cumpliendo con el principal deber de un súbdito, diciendo a sus reyes la verdad, mostrándoles el mundo como es, no como será más tarde, cuando todo esté organizado para complacerlos, cuando cada figura esté al fin en su sitio: la princesa en el centro, las meninas en reverencia a su lado, los bufones replegados a un lugar más discreto, el perro cumpliendo su función de animar el cuadro”.

Claro, el lenguaje puede con todo, y el pintor sabe extremar los recursos verbales para atenuar la gravedad de su invento. Pero es que lo peor falta todavía.

  • William Ospina | Elespectador.com

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Enzo Mountain

Dom, 05/05/2013 - 18:34
Me parece que la clave esta en el "lead" del texto: el arresto de Velázquez. Esta bien que Ospina emule a Borges: inventar hechos de improbable ocurrencia para llamar la atención sobre el 'estado de cosas' que nos laceran el alma contemporánea, es especial en Colombia. Para nuestros tiempos que declinan, arriesgado anacronismo que supone, ya no ilustrado dominio político de la aristocracia y su correlato: la nobleza sino lo más abyecto de la élites gobernantes. Lo primero lo evidencia el último párrafo donde se nos presenta un rey culto que -en los argumentos del pintor- advierte la imposibilidad de argumentar estéticamente sus requiebres en contra de la irreverente negligencia del artista: "argumento difícil de refutar". El sabor que perdura es, no obstante, el de la paranoia del poder
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Enzo Mountain

Dom, 05/05/2013 - 18:57
que sospecha de nímios detalles que se aparten del protocolo que rodea -lo que debe preceder y proceder- las instancias de aparición pública del monarca. No en vano persiste el apego al fuego fatuo de la pompa y ceremonia con que se autovalidan a sí mismos los "herederos naturales" de una tradición divina. Rituales indispensables con los cuales se sustituye la justificación racional de un orden social inveterado. Lo que rey creer advertir en Velázquez es una burla tanto de los manes de la nobleza anglosajona (no men, sino los espiritus mundanos) como de los mohínes aristocráticos que heredamos del mestizaje proveniente del Mediterráneo medieval. Mutaciones degradadas que hoy observamos en las republiquetas en las que derivaron las luchas de independencia de nuestras 'nobles' burguesías.
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BEATRICEMONT

Dom, 05/05/2013 - 17:02
Gracias por ese escrito tan hermoso! Es un cuento verdad? Velásquez en este cuadro nos pone a reflexionar sobre la veracidad de lo que vemos.Multiplicidad de puntos de vista que se unen en uno solo "el real". Los observadores de la escena son los Reyes que comparten con "nous" su visión del mundo. Los Reyes no están entrando, están posando para el artista. El espejo refleja el retrato que Velásquez pinta. De allí que se vean unos Reyes borrosos, en proceso. Es como si nos acercara ante lo engañoso de la ubicuidad. Los que deberían estar en primer plano (los reyes) pasan a tercer plano. Y aun así el cuadro reflejado no muestra "lo Real". Muevan el espejo un poco para reflejar a los reyes y resulta que tampoco. Es acaso una manera de decirnos que reales somos todos y lo que vemos relativo?
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BEATRICEMONT

Dom, 05/05/2013 - 17:26
El maestro combina dos luces: la que entra por la ventana derecha y la puerta del fondo. Técnicamente es muy difícil obedecer a dos juegos de luz y más en un claroscuro. Porque las sombras que produce una, la otra las desvanece. Al centrar la composición la intersección no recae en la Infanta. El centro es la escalera. Ahora, todos los personajes actúan con espontaneidad. Pero en sus miradas hay algo interesante, no hay reverencia, ni siquiera en la joven que mira de soslayo. Simplemente fijan la atención en los reyes de manera natural. Y todas las miradas (menos la de los religiosos) conducen a un mismo punto. Hacia el que mira la escena, los Reyes, tú, yo, "nous". En cuanto a la demanda del Rey..no nos preocupemos...¡ya se le pasará!
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Ocossa

Dom, 05/05/2013 - 16:30
Un texto para descrestar incautos, escrito por el bufón de Lina Moreno y defensor de oficio del tramador Luis Carlos Restrepo. Además, no dice nada que no se supiera y no se hubiera escrito mejor por plumas mucho más expertas en materia de historia del arte.
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martaluribe

Dom, 05/05/2013 - 13:27
Qué se puede comentar? No queremos reyes de ninguna especie. Pero si, el Papa es un Rey. Que le vamos a hacer. Obvio, en la Iglesia Católica. Pero lo queremos y lo respetamos. Que estemos de acuerdo con él, en el pasado y por dodo lo que hizo y dijo, de pronto no. Pero EL es el Papa. Asé le suene absurdo. Y así,a mí me suene absurdo,todo lo que dijo e hizo ( que a decir veradad no fue malo, sino bueno), no se trtadeser fanática por serlo, pero él es elPapa, es el Rey, que tenemos los católocos. Si a Uds, les molesta, tienen todo su derecho a pensar lo que quiera. Por oro lado, respecto a los pintores españoles, en lo que yo sé sobre ese tema, nunca había oído, que trtaran de reflejar, una realidad, que no les gustara. Según los españoles, hacian lo que les generara dinero.Pobres.!
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luispuyana

Dom, 05/05/2013 - 10:53
Diego Velázquez(1599-1660) Si bien fue un maestro en el manejo de la luz, fue un pintor del oscurantismo medioval al servicio del emperador Felipe, cuya conciencia social era el reflejo de la estructura feudal de la época en que nació. Su apego a la aristocracia de los dueños de la tierra desde abajo del río Grande, América latina, tuvo su mayor producción en pinturas en defensa del emperador, cuando España fuere asediado por Napoléon, como medio de respaldar el régimen feudal. De donde se llega a la conclusión de que el arte también como la política, tiene su sello de clase, unos a favor y otros en contra de las dictadura de los dueños de la tierra.
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bienpensada

Dom, 05/05/2013 - 10:45
Ya sabíamos que eres el escritor más serio y erudito de Colombia. Muy por encima de otros que se dicen escritores...
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pensador

Dom, 05/05/2013 - 10:45
y finalmente, el rey, la reina, velasquez, la casi reina el perro y el enano murieron.
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jeloco

Dom, 05/05/2013 - 10:12
Magistral !!!!! Willian.
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miguelucho179

Dom, 05/05/2013 - 09:52
Para otra lectura del mismo cuadro: Michel Foucault, Las Palabras y las Cosas", Cap. 1, Las Meninas.
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polista

Dom, 05/05/2013 - 09:39
El artista tiene su malicia y su mensaje inquietante para el rey que percibe la crítica plasmada en el cuadro mientras el artista a labia pura trata de justificar su regia obra. Cada actor tiene su percepción o su intención y cada cual la justifica.
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Boyancio

Dom, 05/05/2013 - 06:23
Menino de lo grato, pinceladas del ayer, cómo sería la vida sin el arte, como para pasar el rato.
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consensopúblico

Dom, 05/05/2013 - 03:59
No Velázquez sino Felipe II en voz. ¡Vaya! (inevitable nos recuerda a la Yourcenar encarnando a otro emperador). Escritura de una pintura de mucho oficio anticipando el 'instante' fotográfico, aparición del autorretrato como punctun en que el quehacer se impone al mecenas regio. Asomado -presencia tácita de espectador- a la imagen que lo convoca. Creación y poderío.
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doloresthomas

Dom, 05/05/2013 - 03:30
Es un lujo, poder leer algo así en un diario. Ojalá el nivel general fuera al menos cercano a este.
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Acróbata Sobreviviente

Dom, 05/05/2013 - 01:52
Lo peor es que ha osado a incluirse él mismo en la pintura, un vil pintor, mediante el heráldico artilugio de la puesta en abismo, que debería reservarse solo a los hijosdalgos.
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