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William Ospina 11 Mayo 2013 - 11:00 pm

Un bastidor, un perro y una corte (II)

William Ospina

(Monólogo del rey Felipe IV sobre ‘Las Meninas’ de Velázquez)

Por: William Ospina
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No le ha bastado a Velásquez con pretender que los perros tienen la misma dignidad que los humanos, ni que los criados y los bufones tienen la misma o mayor importancia que los nobles: con todo el espacio disponible, ha dedicado a la corte la mitad inferior del cuadro, y ha dejado en la mitad superior el espacio prácticamente vacío.
No lo hace para que se piense que no tiene destreza en el manejo de la composición, pues la verdad es que el cuadro se siente asombrosamente equilibrado y armonioso, sino para que esa sala en penumbras donde se insinúan apenas lámparas y cuadros colgados, haga sentir a todos que la realeza es sólo una parte de la realidad, una parte que podría, ¿cómo decirlo?, arrinconarse.
El espacio no sólo pesa con sus penumbras y sus misterios sobre los personajes del cuadro, sino que los disminuye y los hace contingentes; ya hemos visto que en el salón que ocupan son de pronto algo improvisado y no definitivo, algo que intenta acomodarse y no algo establecido.
Las peores ideas regicidas palpitan en esa fórmula extravagante: cosas inconexas y sacrílegas, el orden del mundo parece desquiciarse, lo absoluto se vuelve relativo y lo establecido se vuelve provisional; pero como todo está enmascarado de armonía y belleza, de equilibrio cromático y estabilidad geométrica, esos pálpitos insidiosos se infiltran en la conciencia y empiezan a circular como si fueran moneda de buena ley.
Aprovechando la circunstancia del nacimiento de nuestro nuevo príncipe, y que la infanta Margarita haya perdido su condición de heredera al trono, Velázquez llevó más lejos su insolencia, y ha decidido cambiar la estructura del cuadro: destinar todo el lado izquierdo de la tela a pintarse a sí mismo. Y no es como pintor que se ha pintado, con el pincel aplicado a trazar y colorear la tela, sino como filósofo: ahí está, pensativo, con el pincel en el aire, examinando todo, preparando en su mente lo que después ha de pasar al lienzo.
¡Ahora resulta que el pintor tiene derecho a aparecer en la obra de arte, que el pintor es tema de la obra de arte, y tiene tanta importancia como los nobles a los que debe pintar! Esto podría llevar a consecuencias muy desagradables.
Yo al comienzo lo acepté pensando que era una curiosidad interesante, como cuando un bufón hace una pirueta novedosa o pronuncia una frase insolente pero ingeniosa. Me pareció que le daba al cuadro un aire nuevo, un valor inédito; pero ahora comprendo que esto animaría a los artistas a sentir que no son fieles servidores de las potestades que los patrocinan sino que pueden ser incluso el tema mismo de sus cuadros.
¡Hasta podría animarlos a convertir su oficio de artistas en el tema del arte, contrariando la tradición de estar sujetos a los órdenes verdaderos de la sociedad y del mundo!
Y no estaría llegando yo a esta conclusión si no fuera porque Velázquez ha llevado su desafío hasta la insolencia. Si se hubiera limitado a pintarse a sí mismo, podríamos atribuirlo sólo a vanidad del artífice. Se abre camino la tendencia de los artistas a pintarse a sí mismos, como queriendo emanciparse de las normas de la tradición acerca de lo superior y lo inferior, de lo estético y lo ordinario.
Pero cuando se incluían a sí mismos en obras de ámbito social, al menos disimulaban esa vanidad, como Rafael cuando se pintó en el fresco de la Escuela de Atenas representando a un sabio de la antigüedad, del mismo modo que había puesto a Leonardo en el lugar de Platón y a Miguel Ángel en el lugar de Heráclito. Pues no: aquí Velázquez representa a Velázquez, ¡en una tela sobre la corte española! Mañana pretenderán que son ellos los reyes.
Sin embargo ninguna de estas cosas me habría movido a ordenar su arresto. Lo que ha llenado mi paciencia y me ha alarmado hasta el límite es que esté intentando romper con el antiguo sentido de la belleza y del orden del mundo.
¿Qué creen que hizo finalmente en este cuadro que pretendía ser una hermosa y ordenada escena de corte? No sólo se ha pintado a sí mismo, sino que ha pintado el lienzo que tiene frente a él. Es decir, ha puesto en primer plano algo peor que los bufones y el perro, ha puesto el bastidor de su cuadro ¡visto por detrás! ¡Como si de pronto quisiera hacernos sentir que su propio taller en desorden, que el envés de sus telas, con el armazón de madera y hasta la capa de polvo, puede ser un objeto de contemplación del arte, tan importante, o quizás, óigase bien, acaso más importante, que la princesa del centro del cuadro o que los reyes del espejo del fondo!
¡Un bastidor visto por detrás en el primer plano de una pintura! La improvisación antes que la composición, el boceto antes que la obra terminada, la confusión de todo antes que la claridad de las jerarquías, los animales antes que los seres humanos y hasta las cosas antes que los seres vivos. ¿No hay aquí algo diabólico? ¿No estamos ante la irrupción de un desorden maligno?
Velázquez no puede ignorar lo que ha hecho, está transgrediendo de un modo demasiado consciente los principios de la autoridad, contrariando los cánones de la belleza, socavando con su destreza diabólica todo lo consagrado para darle paso a inimaginables formas del desorden y de la insurrección.
Si permitimos esto, un día no sabremos qué es la autoridad, qué es el deber, qué es el orden, y hasta nos mostrarán como belleza quién sabe qué frutos del caos y qué formas de la locura.
¡Que se muera en prisión!

  

*William Ospina

  • William Ospina | Elespectador.com

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nacholeon

Lun, 05/13/2013 - 13:13
el artista mira nuestra expresión hacia el cuadro.... eso es realmente 3-d ....
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BEATRICEMONT

Lun, 05/13/2013 - 12:18
Lo qué quiso expresar Velázquez a cabalidad con sus "meninas" es un enigma. Como lo es también el relato que usted, don William, ha creado para nuestro divertimento. De interpretaciones vive el humano y de suposiciones. Pero el corazón de un artista es un universo que se pliega sobre si mismo. Un corazón cuántico. Pueden ser reflejados en la obra símbolos, claves, pero ni aún el sicoanalista más experimentado puede dar una interpretación acertada. Sólo podemos fijarnos en lo externo, con una leve aproximación hacia un lenguaje artístico que posee sus propios ideogramas, sus propia sintaxis. Y aunque se llenen veintiséis páginas sobre lo mismo, nos quedaríamos cortos. Sólo queda el asombro, la reverencia ante el talento, la singularidad de una época, la forma plasmada de los que ya no son.
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BEATRICEMONT

Lun, 05/13/2013 - 12:43
Se nos permite la alegoría. Habrá quienes crean que su obra es un representación del mundo. Es decir, un rey desapercibido e inoperante, el reflejo de una autoridad, una figura. Un bufón que se burla de los otros (como en los malignos tratos cubanos) que pisa a un perro, ignorante, servil, menospreciado, como todos los pobres del orbe. Unas mujeres pendiente de la forma, del pliegue del vestido, del rizo. Un hombre que irrumpe en la escena, entre la oscuridad y la luz y que fragmenta el protocolo. La enana que traduce sobriedad en una escena llena de desorden, de caos, donde el posar es imposible. La incertidumbre entre humanos y objetos, un movimiento quieto de aquellos que sólo muestran un lado. Tan sólo el cuadro mismo, caballete y espejo se muestra completo. Y... ¡El artista nos mira!
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Nauncicap

Lun, 05/13/2013 - 11:59
En Colombia no leen un libro menos van a contemplar las obras de arte en la pintura, apuesto que la mayoría no tiene idea quien fue Velázquez . Si mucho sabran de las gordas de Botero
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BEATRICEMONT

Lun, 05/13/2013 - 12:49
Y quién es Botero?
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Alberto V. Velasquez

Dom, 05/12/2013 - 19:16
Discrepo un tanto de la inquisitiva aproximación de don Luis Puyana: asaz draconiana la descripción de un Diego de Velásquez como un lacayo más de su majestad. Cosas harto sublimes hay en la historia que hacen abstracción de las relaciones sociales de poder. Tal como Ospina lo sugiere -inconscientemente, por supuesto- veo la degradación del "divulgador cortesano" en pleno siglo XX. Hablo, pues, de los medios masivos de comunicación: el espejo que ha perdido su razón; el espejo del Hermes fletado por el Príncipe (Speculum Veritatis) que come de la Maquiavela mano, de los Borjas posmodernos: el narciso irredento: los personajes que se autopremian, que muestran su casa, cómo viven, con quién se casam, de quién se separan. Los anticomunistas, los anticaribeños y sus regìmenes de five dollars.
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consensopúblico

Dom, 05/12/2013 - 11:43
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consensopúblico

Dom, 05/12/2013 - 11:48
(un "ombligo" bien puede ser una esclusa; lo digo contemplando la bahía de Las Ánimas donde instalaré 70X7 una intervención flotante monumental y efímera. La democracia en plegaria y acto. Te invito, como cuando te guié por los jardines de la Quinta de San Pedro Alejandrino, a tí y a Omar Porras...)
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luispuyana

Dom, 05/12/2013 - 11:09
Y sí, catedral magistral del papel del artista pero alabando a su Dios el emperador, y BIEN DISTANCIADO DE LA SOCIEDAD.
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polista

Dom, 05/12/2013 - 11:07
El secretario escribe lo que quiere y el artista por subyugado que se sienta plasma su sentir y su mirada. Nunca pensé que un cuadro dijese tanto y que el pintor tuviese tanta sensibilidad e insolencia , cualidades que adornan a los buenos e inmortales artistas que pasan a la historia mejor que sus patrocinadores.
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F.L.Olmstead

Dom, 05/12/2013 - 08:18
En el cuadro Las "Meninas" (1657) Velázquez da una cátedra magistral sobre el papel del artista en la sociedad. El inteligente texto de Ospina nos permite comprender esa lección hoy. Gracias.
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luispuyana

Dom, 05/12/2013 - 05:04
Mi respetado don William los sirvientes y lacayos de los dictadores desde esa época hasta hoy siempre buscan pasar a la historia posando con sus amos, es lo que los llena de alegría, ser bien arrodillados a la dictadura. Eso nos recuerda al uribe de quien el criminal de Bush decía: Siempre ha hecho más de lo que se le pide. Y otra lección que da el cuadro es que el arte siempre ha jugado su escaño en la historia, bien porque sus obras, sean poemas o sean pinturas reflejan la realidad social, ya sea para defender a sus amos o para disentir de éllos. Caso la obra de don Quijote que ridiculizaba el poder feudal de tal forma tan habil que el procurador o inquisición no se dió cuenta que destilaba veneno contra la monarquía. Otros lo hacen más abiertamente como Victor Hugo en LOS MISERABLES.
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