Por: Mario Morales

Un botón de optimismo

Algo está pasando. Permítaseme un poco de optimismo en estos tiempos de desmemoria. Pareciera que los están viendo, que se están haciendo ver.

Tienen el nombre de las víctimas, de los desadaptados, los olvidados. Parecían condenados a no aparecer porque no eran dignos del reino de la estética mediática, de la política y hasta de la eclesiástica.

Pero ahí están, a pesar de todo. En algunos diarios, algunas calles y en algunos discursos se comienzan a ver los rostros de las víctimas todas que esperan que la parte del país que no lo es, pare o camine o hable o haga algo por ellas el próximo martes 9 de abril. O las víctimas de las minas antipersonas que confían en que los demás nos remanguemos y corramos este domingo y ayudemos.

O los habitantes de calle que, con mejor lenguaje, se codean los titulares y los adjetivos con los expresidentes. Desplazados por el cemento como sinónimo de progreso, o descalificados por debilidades y vicios, aspiran, por fin, a compartir la calle con algo más de dignidad y de comprensión. Ahí en el Bronx estuvieron siempre, ¿cómo es que no los vieron? ¿Cómo es que no los ven en las miles de ollas que se tomaron las ciudades?

O las mujeres discriminadas por su manera de vestir y, por ello, en mala hora insultadas, responsabilizadas de violaciones y agresiones en su contra, que participarán en la marcha de las putas para enrostrarle a la sociedad sus valores hipócritas.

O esos jóvenes presidiarios, cuyos pies fueron besados por el papa Francisco, que por fin vuelve a exhortar a la Iglesia y a la sociedad para que se pongan del lado del que nunca debieron apartarse: el de los más débiles.

Lástima que no lo oyeran, por ejemplo, los bancos con sus tasas de usura, ni los avivatos que se apropian de tierras legales y baldías, ni los violentos, ni los legisladores que negocian con la salud y pensiones, ni...

No importa, también la primavera empieza con el optimismo de un botón de rosa.

 

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