Julián López de Mesa Samudio 2 Ago 2012 - 12:19 am

ATALAYA

Un día como cualquier otro

Julián López de Mesa Samudio

El hombre abre los ojos y se incorpora. Aún es la noche cerrada pero el ajetreo, tanto en su casa como en la de sus vecinos, anuncia el comienzo del nuevo día. La hilacha de agua helada con la que se ducha le termina de despertar. Vestirse, tomarse un tinto, despedirse y salir es cuestión de un par de minutos.

Por: Julián López de Mesa Samudio
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Cuando el sol finalmente despunta entre Monserrate y Guadalupe, el hombre ya lleva más de media hora de pedaleo. Autopista Sur, Primero de Mayo, Boyacá, Autopista Norte. Antes de entrar al trabajo se toma un tinto humeante con sus compañeros alrededor del termo comunal. Algunos fuman. La comunicación se limita a monosílabos.

Su labor hoy, mañana y el resto de la semana será la de recibir los ladrillos que uno a uno le lanzan desde el primer piso, para a su vez lanzárselos al compañero del tercero, donde se están levantando las paredes. A media mañana llega el único descanso autorizado. En quince minutos tinto, cigarrillo y algunas risas con los compañeros. Risas toscas, sinceras.

La siguiente pausa es la del almuerzo. El suyo, como el de todos allí, es corto y frugal. Se engulle más que se come, pues el descanso no se hizo para comer. Algunos se recuestan en la hierba e inmediatamente se duermen, otros conversan animadamente. El hombre prefiere el fútbol. La cancha es la calle frente a la obra; los arcos son dos ladrillos; nadie sabe de dónde salió el balón, duro como una piedra y completamente ovalado, pero cada obra tiene uno.

A las cinco de la tarde, el hombre hace horas no siente los brazos, aunque no piensa en eso. Todo el día se ha concentrado en atrapar y lanzar, atrapar y lanzar. Las despedidas son breves pues aún quedan horas para llegar a casa. Algunos caminan, otros toman el colectivo, pero los más viajan en bicicleta. El hombre casi siempre hace parte del camino con tres compañeros. Uno de ellos ya ha liado el cigarrillo de la tarde. Los cuatro pedalean lentamente por la ciclorruta mientras el cigarrillo pasa de mano en mano. El hombre nunca pregunta de dónde sale este cigarro de las tardes y nunca toma más de cuatro bocanadas. Ya con la segunda bocanada, los músculos se aflojan, los huesos dejan de doler y los rostros se distensionan. Bajo uno de los puentes del camino el cigarrillo sin marca ni tabaco desaparece.

Los hombres se van separando en silencio.

El largo trayecto hasta su casa se hace más fácil. El pedaleo, antes cansino, ahora se realiza sin esfuerzo. En las pendientes ya no desea que su bicicleta tuviese cambios y poco le importan ya los insultos y las agresiones de la cotidianidad bogotana. Pedalea rítmicamente, sin prisa pero sin pausa. Piensa en muchas cosas y en nada. Todo lo distrae, todo le interesa. De pronto está en su barrio. Desde hace tiempo es noche cerrada pero él ni se percató. En casa lo esperan el televisor y la comida que abunda en arroz, plátano, papa y yuca. Como todas las noches, él y su familia comen frente al televisor. Casi tan pronto termina se duerme sin saber qué pasó en el mundo; ya mañana se enterará alrededor del termo.

Al día siguiente, el hombre abre los ojos y se incorpora. Aún es la noche cerrada…

@Jloanarchist

 

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OZcvrvm

Vie, 08/03/2012 - 00:12
esa es la anonima colombia que construye nuestra nacion. aquella que no tiene internet, que no compra periodicos y que no se las da de lo que no puede ni tiene. bonita historia
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unomas_conelminimo

Jue, 08/02/2012 - 16:53
Automata.
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Ar mareo

Jue, 08/02/2012 - 16:30
muy bien, el cuento podria llamarse piloto automatico
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