Por: Santiago Montenegro

Un esperpento muy humano

Los jueves italianos, que condenaron hace unas semanas a seis años de cárcel a seis científicos, quienes erróneamente predijeron en 2009 que no había peligro de un terremoto mayor en L’Aquila, una ciudad situada en la región de los montes Apeninos, merecen alguna consideración.

 Porque, a pesar de su esperpéntica decisión, que ha causado la natural conmoción y protestas de científicos de todo el mundo, hay que reconocer que es un fallo que refleja un clamor muy humano, que busca escapar a los miedos más básicos, como a la oscuridad, a los extraños, a los desconocidos y a la muerte. Y, por supuesto, a los terremotos.

En este fallo hay, básicamente, dos problemas. Primero, hay una muy humana creencia —o esperanza— de que es posible predecir el futuro. Hasta hace relativamente poco tiempo, la humanidad aceptaba que las cosas que pasaban tenían su origen en una voluntad divina que regía el mundo, colocaba a los hombres y las cosas en su correspondiente lugar y respondía a las preguntas más básicas, aún antes de que fueran formuladas. Esa era la cosmovisión que se expresaba hacia el año 1300 en la Divina Comedia. Era un mundo en donde la esperanza de vida era muy baja, la pobreza era generalizada y la violencia extrema. Para la mayoría de la gente, la vida estaba poblada de presente y nada, o casi nada, de pasado o de futuro. Cinco siglos después, ese dios omnipotente y omnipresente que lo explicaba y lo llenaba todo había sido reemplazado por la arrogante concepción de un ser humano que se creía capaz de descifrar los misterios de la naturaleza, dictarse sus propias leyes, proclamar imperativos categóricos, glorificar la autonomía individual y desechar la dependencia externa inventando la palabra ‘heteronomia’. Era el gran sueño de la Ilustración, que creía que, por fin, gracias a la razón, podríamos descifrar los misterios de la naturaleza, no sólo en el presente, sino poblar de certeza tanto el pasado como el futuro. Pese a los dramáticos avances del conocimiento, dos siglos después ya sabemos que es imposible predecir el futuro y que, si lo hiciéramos, quizá dejemos de ser humanos. Los jueces italianos mantienen vivo ese anhelo que hace dos siglos llegó a su plenitud.

El segundo esperpento muy humano que han cometido estos jueces es el llamado sesgo de retrospectiva, también llamado falacia lógica, que consiste en que, una vez sucede un hecho, se explican sus causas o con sus consecuencias, con lo que pasó después, o con precedentes ligeros y llamativos. Así, los 308 muertos de L’Aquila son responsabilidad de los científicos que, unos días antes, afirmaron que no había peligro de un terremoto mayor. A los pobres sismólogos y vulcanólogos los enjuiciaron, no con la información disponible cuando emitieron su juicio, sino con lo que pasó después. Si esa lógica se aplicara a todas las actividades humanas, quizá habría que multiplicar las cárceles para internar a los analistas deportivos que predicen el ganador de la Copa de Campeones, a los politólogos que afirman quién ganará las próximas elecciones o a los economistas que nos dicen de cuánto serán la inflación y el crecimiento del PIB del próximo año o cuando terminará la recesión. En alguna medida, el señalamiento que hacemos a esos magistrados italianos es también a toda la humanidad. Es un juicio que recae sobre nosotros mismos.

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