Por: Santiago Montenegro

Un improbable ganador

Cuando los medios de comunicación hablan y ponen de ejemplo a los ganadores en cualquier disciplina, hay que escuchar con cautela y con un poco de escepticismo por lo que los expertos llaman el “sesgo de selección”.

Usualmente sólo vemos a los ganadores, como a los cantantes famosos, a los ricos o a los políticos que triunfan en las elecciones. No vemos a los perdedores, a los que, teniendo iguales o mejores capacidades, no triunfan por mala suerte o por causas ajenas a su control. Muchas veces, un producto nuevo, una canción o un político son acogidos por la mitad de la población por la simple razón de que la otra mitad ya lo ha hecho. No hay nada más exitoso que el éxito. Y, una vez alguien es famoso, se acude a su historia para argumentar que su triunfo es la consecuencia necesaria de su inteligencia, de su preparación, de sus esfuerzos y de sus sacrificios. Así, se cae en otro sesgo, esta vez llamado sesgo de retrospectiva o también falacia lógica, que consiste en ajustar los datos y las cifras para explicar un resultado ya conocido.

Por estas razones, es muy oportuno resaltar el caso de uno de los más improbables ganadores que, quizá, ha habido en la historia de la ciencia. Se trata del biólogo británico John Gurdon, quien acaba de ganar el Premio Nobel de Medicina o de fisiología por sus investigaciones pioneras en la clonación de las células. Lo realmente sorprendente de su biografía, que se dio a conocer después de otorgado el Nobel, es que fue el peor en biología, en un grupo de 250 alumnos, en el exclusivo colegio de Eton, en Inglaterra. Los medios de comunicación también resaltaron que Gurdon estuvo en el grupo de los peores alumnos en todas las demás materias y que una de sus profesoras, cuando se enteró de que quería ser un científico, afirmó que eso era una ridiculez, pues lo único que lograría sería perder su tiempo y el de sus profesores. No explican cómo hizo, pero se las ingenió para entrar a la exclusiva Universidad de Oxford, pero no a estudiar biología, sino humanidades. Luego se pasó a zoología, terminó su pregrado y realizó un doctorado en la misma universidad, para embarcarse, posteriormente, en una brillante carrera científica, que culminó en el Premio Nobel de Medicina o fisiología.

Este logro, además de sorprendente, habla muy bien, por supuesto, de su protagonista, el profesor Gurdon, pero también de la Universidad de Oxford, que lo acogió y le dio una oportunidad. Habla mal del sistema de calificaciones de Eton y de muchos centros de educación de todo el mundo. Hace mucho tiempo, otro ganador de un Premio Nobel, el economista y jurista Friedrich Hayek, llamó la atención sobre la precariedad del sistema de notas para evaluar el potencial científico de los alumnos. Afirmó que, para evaluar a sus alumnos, prefería entrevistarlos y que escribiesen ensayos para auscultar su capacidad creativa e investigativa. El caso del profesor Gurdon es una buena excusa para evaluar y, si es del caso, replantear muchas cosas en la educación de nuestros jóvenes, incluyendo los sistemas de evaluación y de calificaciones. ¿Cuántas carreras se estarán frustrando por malos sistemas de evaluación? Más que ponderar a los ganadores, tenemos que evaluar por qué tantos muchachos abandonan sus estudios. Es un ejercicio que es necesario hacer a la brevedad.

 

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